QUE EL ÁNGEL DE LA JIRIBILLA LOS ACOMPAÑE.

martes, 23 de octubre de 2007

Desde Chile

Me encantaría que La morada fuera un lugar de encuentros y reuniones entre escritores jóvenes que no se conocen entre sí. Hace unos días, les dejé una historia de Sandra. Hoy quiero compartir con uds. un cuento de Mauricio Torrealba ( Santiago de Chile, 1976), que aparece en su blog: mtorrealba.blogspot.com/search/label/escritos. Ahí pueden leer otros, tan interesantes como éste. A Mauricio también lo conozco -lo "leo" sería mejor decir- en ese espacio literario ya imprescindible en las noches que es la Trivia.
" Final del círculo" es un relato corto pero sumamente desgarrador, que presenta una problemática muy de América Latina. Los encuentros y los desencuentros, las búsquedas y las partidas son, en nuestro continente, una constante social y política. Esta historia, contundente en sus frases cortas, pudo -puede- haber ocurrido en cualquiera de nuestros países.
Bien por Mauricio. Y, para la próxima, algo de los cronopios oscuros de Casa Lamm

“FINAL DEL CÍRCULO”.
Dejó caer su bolso sobre el pavimento al tiempo que bajaba el último peldaño. La brisa marina le golpeó la cara, refrescándolo. Había sido hasta ahí un largo viaje, iniciado un par de días antes en Ciudad de México, en aquella conversación con Aníbal. De ahí, vuelo hasta Santiago, y casi sin interrupción, bus hasta La Serena. María bajó del bus tras él, lo tomó del brazo, besó su mejilla y lo abrazó tiernamente, sin decir nada. Se quedaron así unos instantes, mirando hacía el océano. Tomás sabía perfectamente que su búsqueda se iniciaba recién, y que era hacia la cordillera donde debía emprenderla. Anochecía, y mientras sus pensamientos vagaban en torno a la jornada siguiente, alzó la mirada al cielo y pudo comprobar por qué esa región es la preferida para la instalación de observatorios astronómicos: en ningún otro lugar del planeta había admirado las estrellas con tanta nitidez. Siempre que miraba el cielo de noche se sentía muy pequeño, apenas una mota de polvo en el universo. En ese lugar, la humanidad entera le pareció insignificante.

Había nacido casi 30 años antes en Chile. Pronto el exilio lo obligó, con su padre, a partir. México los recibió. Ya en su adolescencia, Aníbal le contó que él no era su padre. Tomás era hijo de Esteban, el mejor amigo de Aníbal, y de la criada de la familia de aquél, una muchacha humilde, de origen indígena, proveniente del norte de Chile. Esteban sufrió un grave accidente en motocicleta meses antes del golpe. Estuvo hospitalizado grave un par de semanas antes de morir. En sus momentos de lucidez, le confesó a Aníbal que esperaba un hijo, y le hizo jurarle que cuidaría de él. Debió partir en búsqueda de la muchacha, que había retornado a su pueblo. Después de mucho buscar, dio con su paradero, en unas cuevas enclavadas en los cerros de La Serena. Ahí, entre cabras, perros, ratones y serpientes, había nacido Tomás, en medio de una miseria absoluta. Ya le precedían 3 hermanos. Aníbal convenció a la mujer que le entregara al niño, a cambio de una ayuda para paliar un poco la pobreza de su familia. Esta historia explicaba lo distinto de Tomás y su padre. Éste muy blanco, casi rubio, y Tomás oscuro, con marcadas facciones indígenas, de pelo negro azabache.

Tomás conocía la historia hacía tiempo, sin embargo, no sabía exactamente dónde vivía esta mujer. Además, se preparaba para empezar una nueva etapa en su vida, y le nació la necesidad de buscarla. Eso fue lo que conversó con Aníbal días antes. Ahora tenía un contacto, un lugar donde preguntar por su madre biológica.

Respiró profundo. Se detuvo un instante. Habló con el administrador del bar y preguntó por Eugenia. María, siempre a su lado, vio aparecer a la mujer desde la cocina y de inmediato notó el parecido. Desde el punto de vista físico, era el complemento materno perfecto para Tomás. La mujer se acercó, llamada por el administrador, a la barra donde estaban ellos. “Eugenia, este joven desea conversar contigo. No te distraigas demasiado” dijo el administrador retirándose. Se quedaron mirando. Luego de un segundo de silencio, Tomás dijo “Soy Tomás, el hijo de Esteban… tu hijo”. La mujer dejó caer la bandeja que tenía entre sus manos. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Tartamudeó. La única palabra coherente que salió de sus labios fue “perdón”. Tomás había llegado ahí sin ningún tipo de resentimientos, entendía perfectamente cómo habían ocurrido las cosas y se consideraba afortunado después de todo. La tomó por los hombros. “Tranquila, no pasa nada” y la abrazó. María, emocionada, pudo atestiguar la comunión producida entre madre e hijo, tan parecidos, pero tan diferentes a la vez, y que a pesar del tiempo y las distancias, se reencontraban. “Ella es María, nos vamos a casar en un tiempo más, y queremos que tú estés ahí”.

Un par de días después, volaban de vuelta al caos de Ciudad de México. María dormía a su lado. Tomás se distraía mirando por la ventanilla del avión y jugando en sus manos con un cubo Rubik, tratando de encajar los colores tal y como estaba logrando encajar las partes de su historia.

8 comentarios:

Hada Urbana dijo...

Me gusta! La prosa es muy limpia, y la historia está bonita! Jeje
Un saludo Pitibuchi, deséanos suerte en tu examen!! ;)

Hada Urbana dijo...

Ahhh!!!! y recuerda: tú cédula!!!!

Sandra dijo...

Muy interesante. Y gracias Piti por conectarnos de alguna manera. Mi querido chileno esa historia podria escribirse sobre un argentino, eso tristemente nos hermana. Espero logremos mejores parecidos. Bueno...hemos encontrado uno: el arte. Saludos.

Fernando Guilla dijo...

Relato sentido, muy lindo, y atrapante. Gracias por compartirlo. Una vez mas Pitibuchi, gracias por dejarnos entrar en tu morada, siempre cálida.

Pitibuchi dijo...

Gracias, Fernando, espero poder seguir publicando textos de todos los países y de distintas tónicas. A mi también me conmovió mucho el cuento y por eso se lo solicité a Mauricio. En su página hay dos más buenos. Y aunque no te conozco, gracias por visitarme. La morada será, eternamente, cálida y tropical, con las puertas abiertas a todos.

Pitibuchi dijo...

Querida vampirita, gracias. Y ahora viene tu turno.

Pitibuchi dijo...

Sandra, conoces a Mauricio, juega con nosotros de vez en cuando. Lo voy a desenmascarar esta noche. ¿ No sospechas quién es?

Mauricio dijo...

Muchas gracias Piti por el espacio y los comentarios acerca de mi cuento. No es algo demasiado original, es una historia real, que yo no más intenté exponer sin demasiados adornos. Gracias a todos también por sus opiniones, me alegra que les gustara y me estimula a seguir escribiendo alguna otra cosilla.
Saludos chilenos desde Sao Paulo.