QUE EL ÁNGEL DE LA JIRIBILLA LOS ACOMPAÑE.

sábado, 27 de marzo de 2010

EN EL REINO DE LA JIRIBILLA, JUNTO A JOSÉ.

No pensé tener que escribir este post tan pronto. Guardaba la ilusión de conocer a Eloísa en Puebla, cuando se celebrara el evento en homenaje al centenario de Lezama. La muerte se adelantó una vez más –se lleva a los justos, los injustos siguen vivos. Con el deceso de Eloísa, en el exilio, ignorada por la oficialidad cubana como antes lo fue su hermano, me reafirmo en la idea de cuánto camino nos queda por andar y romper los odios y las barreras que nos separan a los cubanos. Eloísa debió morir en Cuba, descansar junto a su madre y hermano. Debió haber participado en la preparación que se hace en la Isla del centenario de José. Pero no podemos superar los rencores inverosímiles que nos sumen en más de una miseria –y no la material.

Estudié, de niña, en una escuela en Prado, muy cerca de la casa de los Lezama. Por razones obvias de edad, no los conocí y el Maestro murió cuando yo apenas estaba en primaria. No fue sino muchos años después, en la Universidad, cuando entré en contacto con su obra, que me marcó para siempre. Cuando digo en broma que Lezama es mi alter ego –y lo saben todos los que juegan conmigo en el Búho o los que me preguntan quién es la persona de mi correo electrónico- siento una extraña comunión con el hombre que no conocí pero que me embrujó con su obra. Y al leer la noticia de la muerte de Eloísa una extraña tristeza me sacudió, porque en estos días, revisando la tesis, he estado en permanente contacto con toda la familia Lezama y con el exilio que sufrieron.

No hablarán en Cuba, en noviembre, de Eloísa. Obviarán, muy seguramente, su legado y cómo fue la promotora más apasionada de la obra de su hermano. No se referirán al dolor del exilio, ni a su derecho de morir en Cuba. Pero acá, en México, seremos los responsables de un homenaje también a ella, que estará presente –a pesar de la muerte- en el centenario de José.

Los dejo con la última entrevista hecha a Eloísa por ese amigo entrañable de Lezama y su obra, José Prats Sariol.

QUE EL ÁNGEL DE LA JIRIBILLA NOS ACOMPAÑE A TODOS.


Una visita a Eloísa Lezama Lima Lunes 22 de Marzo de 2010 13:01
José Prats Sariol, Miami

Ni la UNESCO ni mucho menos el gobierno cubano se han dignado invitarme a sus actos y congresos por el centenario", comenta con su voz de falsete. "Tampoco Fina García Marruz ha sido capaz de escribirme unas letras, para no hablar de Retamar y otros como Miguel Barnet", añade con una sonrisa irónica.

Mañana lluviosa de febrero en Miami. Llueve mucho sobre los 91 años de la sobreviviente del coronel y de Rosa, de sus hermanos Rosita y Jocelyn —escrito así, a lo Lamartine—. Quizás llueve también en La Habana, donde los chupócteros del erario público se adueñan de la obra y del símbolo que Lezama representa.

En su casa, desde la lucidez lenta pero precisa que aún la acompaña, conversa con Ariadna —ahijada de Lezama—, Orlando Rosardi —viejo amigo, poeta, representante de la Academia de la Lengua Española, fotógrafo de la ocasión— y yo, que también veo la lluvia del tiempo sobre lo que nos dice: "Nunca me han pagado derechos por las ediciones cubanas, pero lo peor es cuando tergiversan el ideario de Jocelyn, inventan cuentos, denigran a su esposa María Luisa, niegan que pasó los últimos cinco años de su vida en un cruel ostracismo".

La conversación con Eloy —como siempre la trató su hermano— va a la correspondencia entre ellos, celosa y profesionalmente guardada en la Cuban Heritage, de la biblioteca de Miami University. Hablamos de su salida del país, en abril de 1961. De la primera carta que Lezama le escribe ese mismo mes, después de Bahía de Cochinos o Playa Girón, pronto hará medio siglo. La lluvia llega a sus ojos, a los nuestros.

Una frase en su letra inclinada y casi críptica parece de hoy: "Quiera Dios que se restablezca la armonía". ¿Armonía? Eloísa baja la cabeza, quizás recuerda que nunca pudo volver… Ariadna la mueve hacia los lados, Orlando dibuja una mueca escéptica, yo pienso en la impagable división de la familia cubana.

Aprovecho para leer un párrafo de otra de las cartas, fechada también en 1961, donde la palabra inteligencia aparece subrayada: "Encontrarás mis cartas muy vagorosas, apenas hago referencias a lo inmediato. Tu inteligencia te dará los obvios motivos. Además es preferible trascender, irse por encima de las murallas, vivir en dimensión de futuridad".

La clara alusión de Lezama a la censura, como otras referencias al deterioro del país en las cartas sucesivas, hasta la última el 7 de junio de 1976, indican sin posibilidades de equívoco lo lejano que estuvo siempre de la "revolución". Los originales que acabo de revisar no mienten, como le comento a Eloísa.

Por ello sorprende que siete años después de su condena a la censura estatal, escriba el tan manipulado artículo El 26 de julio, imagen y posibilidad (1968). Sin la entereza de Virgilio Piñera y de otros muy pocos escritores y artistas, lo cierto es que Lezama hace allí concesiones deplorables.

Sólo una visión hagiográfica podría ocultar estas contradicciones. La mayoría de los cubanos, a lo largo de este medio siglo castrista, hemos resbalado por ilusiones o nos dejamos atrapar por el miedo. Aquel artículo, dos o tres párrafos aislados o el texto a la muerte del Che Guevara, este año del centenario sirven para que demagogos y corifeos de la dictadura traten de montar a Lezama en su herrumbroso vagón.

Leo otra frase desgarradora, de julio y 1961, que nos avergüenza tanto como aquel clamor por la armonía, porque su nostalgia sigue golpeando las ruinas de Cuba: "Ya ves, como siempre, lo cerca que está el sueño del sueño sin sueño".

Eloísa suspira. Nos mira con las arrugas de un par de zapatos que le mandó a su hermano. Aquellas que a Lezama —dice en un poema— le parecieron "carcajadas de un pescador viejo".

Tal vez un viejo pescador vea llover en el Malecón habanero, sin delfines ni cuerpo porque tiene un hijo preso y una hija en Nueva York. Muy lejos, ahora cuando nos despedimos de Eloísa y nos pide volver. Para repetir la frase de Lezama hace 49 años: "Quiera Dios que se restablezca la armonía".

TOMADO DE: http://www.diariodecuba.net/cultura/77-cultura/829-una-visita-a-eloisa-lezama-lima.html

viernes, 5 de marzo de 2010

NOVELÍSTICA CUBANA ACTUAL


CUANDO REGRESAN LOS HERALDOS NEGROS DE LA AURORA
o una épica de la eticidad intelectual
por Gina Picart

Hace algunos años asistí a la lectura pública de un relato donde un hombre negro, en pleno período especial, atravesaba varias calles marginales de La Habana arrastrando un colchón en travesía no menos agónica que el regreso de Odiseo a Ítaca. Aquel cuento tenía un sabor tan auténtico —perfectamente reconocible para mí tras largos años de corresponsalía periodística en un municipio como Centro Habana— que nunca olvidé la imagen. Ahora, cuando vi la portada de la novela La soledad del tiempo, del escritor habanero Alberto Guerra Naranjo —el mismo, sí, de aquel tremendo cuento del colchón—, quedé un tanto desconcertada: el torso desnudo de un hombre negro con un libro bajo el brazo, en un raro escorzo de espaldas, como la fuga del Loco en el Tarot. Qué extraño —pensé—, tratándose de una casa editorial que se caracteriza por la elaboración de sus diseños de portada. Me pregunté si iba a leer algo sobre marginales en el período especial, pecio temático a caballo entre la picaresca española, el costumbrismo nacional posrevolucionario y el incontrolable deseo de hacerse notar que sacude a tantos escritores nuestros como una cabalgata de valkirias rumberas. Pero yo sabía que la obra había tenido, caso raro, una nutrida y buena crítica, y sé también que Guerra ha ganado limpiamente su lugar entre los mejores escritores de esta Isla. Aún así, ¿por qué ese diseño y no otro? ¿Se trataría de una concesión…?

No lo es. Esa portada, conceptual más que decorativa, resulta una diana estremecedora como he oído sonar pocas dentro de la literatura cubana de hace décadas, y el pórtico natural para la historia que narra la novela. Llevo mucho tiempo sin encontrar una novela cubana escrita a corazón abierto; casi todas las que pasan por mis manos son más bien ensembles de pitos y matracas que poca o ninguna relación tienen en profundidad con la tan cacareada actualidad nacional. Además, La soledad del tiempo trata un tema singular: el racismo intelectual en la Cuba de hoy, y además de estar tremendamente bien escrita desde la perspectiva del manejo del idioma y de las técnicas narrativas, tiene en los planos de la emoción carne y sangre de verdad, y en los temáticos explora zonas donde hasta ahora no tengo noticia de que otros hayan incursionado de un modo tan visceral: la dinámica de la jungla literaria habanera escudriñada sin ninguna piedad desde su propio interior, como si un feto avispado describiera el útero que incómodamente lo contiene.

Sergio Navarro, un joven negro que es escritor en el sentido en que se posee esa condición por derecho natural y no como don cuestionable adjudicado por sistemas, instituciones o personalidades icónicas, quiere vivir como tal. Pobre y humilde, mantiene una estrecha amistad con M.G. un hombre blanco, gerente de una firma, con quien comparte la aspiración capital de su vida. M.G., aunque se mueve en niveles de mayor jerarquía económica que el negro Navarro, y a pesar de su tupé y sus habilidades mundanas, está tan lejos como el otro de disfrutar del estatus de escritor oficialmente reconocido —que al parecer, solo se alcanza mediante el espaldarazo de esa especie de “hacedor de ángeles” llamado Emilio Varona, escritor de una generación anterior devenido representante de la oficialidad letrada—, y su puesto codiciable no lo salva de tener una esposa en Artemisa, con la que pasa los fines de semana tristemente sumergido en un ambiente familiar de matanzas de puercos, rones y jolgorio campestre que le es ajeno y le repugna. Los dos amigos, cada cual desesperado a su manera, tienen puestas todas sus esperanzas en la escritura para alcanzar esa especie de trascendencia que, suponen, cae como manto divino sobre quienes triunfen en la arena de las letras. Para ello es imprescindible obtener el reconocimiento y el apoyo de Varona, ganar grandes premios, conocer editores extranjeros, penetrar el mercado de allende los mares y entrar a formar parte de ese Olimpo de agraciados autores de best sellers que ya nunca vuelven a padecer los apremios de la miseria. Pero, como en toda estructura narrativa que mantenga el vínculo raigal y precioso con la tradición ancestral de contar —en este caso la plantilla se revela, concretamente, como la estructura de la búsqueda del objeto mágico emprendida por el héroe—, tanto Sergio como su amigo M.G, aspirantes a héroes literarios, tienen que pasar por varias pruebas iniciáticas antes de arribar a la meta. La primera de ellas consiste en lograr que sus nombres sean incluidos por Emilio Varona en la lista pública de jóvenes escritores “de primera línea” a quienes el patriarca de la pluma “protege” y promueve, y sobre cuyas carreras literarias vela, supuestamente, como un gurú sobre su fiel rebaño discipular. Recompensa: la bendición del Papa Varona I, que abre las puertas de la Trascendencia, la Posteridad, la Inmortalidad, la divisa y… el avión.

Pero el cielo de los escritores es pequeño y muy estrecho su umbral; siempre serán numerosos los llamados y pocos los elegidos, y ser pobre no garantiza prioridad para pasar por el ojo de la aguja. Es más bien al contrario: cuando llega un pobre (¿o un negro, o una mujer?) con talento, la cabrona puerta, como animada por una perversa inteligencia artificial, se afina, se achica hasta casi volverse invisible…Y la competencia por alcanzar el Reino se torna despiadada, se hace cruel. Y es aquí donde asoma para el lector avisado el auténtico núcleo basáltico de esta novela cuya densidad la hace tan semejante a la vida: la historia de Sergio Navarro, el negro genial, y su amigo blanco M.G. aspirador eterno a sobrepasarlo en la medida intelectual, ambos contendiendo por el caldero mágico (aquí, la consagración literaria y sus consecuencias felices), ha sido construida sobre uno de los más antiguos mitos de la Humanidad: la historia de Caín y Abel, los hermanos entre quienes la preferencia de Dios sembró la discordia, la muerte y el eterno peregrinaje del alma. Pero la tragedia de La soledad del tiempo es menos bíblica, menos épica y mucho menos poética, está como rebajada en sus tintas por la mezquindad del conflicto: en sus páginas no se disputa el amor de Dios, motivo más que elevado que aunque no justifique el derramamiento de sangre lo vuelve comprensible, sino la preferencia de una representante literaria y la tajada de una beca en Berlín. Para Sergio el genial y el mediocre M.G., entes abstractos y representativos de su medio, el Dios de los Ejércitos de la leyenda lleva faldas, tiene la cara de la alemana Sassa Eissmann y su mano, en lugar de trazar sobre sus cabezas el mudra de la Bendición, les ofrece un contrato editorial. Pero solo para uno de los dos. ¿Ganará el mejor?

Nunca vi retratadas con más fidelidad en una novela cubana, ni siquiera en un cuento, las siete angustias icónicas del escritor cubano (OJO: ocho para las escritoras); —¡ah, el septenario ontológico!—: He aquí la lista: UNO -el laboreo mezquino y pocas veces afín a la condición de escritor, que obliga al sujeto a amarrarse ocho horas diarias a un escritorio haciendo numeritos o cualquier otra porquería, o a destrozarse las manos en una carpintería, o a limpiar casas o a custodiar inmuebles de madrugada, mientras bullen historias dentro del cráneo y se intenta rapiñar unas horas a la noche para escribir unas cuartillas que casi siempre terminan en la basura, porque el cansancio venció a la vocación. DOS -la llaga viva de no ver un texto propio publicado mientras otros a quienes se sabe escribidores falsos cruzan en ascenso veloz rumbo al altar de la minúscula gloria nacional. TRES -el Gólgota de los concursos literarios, con sus tríadas de jurados impunes a quienes nadie exige la libra de carne por tanta pifia repetida que llena de bubas el rostro de la literatura nacional. CUATRO -la hostil agitación del gremio, ese hormiguero pululante de los mil laberintos donde se constituye en ciencia el aprender a orientarse para no equivocarse de ruta, so pena de no hallar nunca a los protectores precisos o al grupo “generacional” que arropa al individuo como una crisálida colectiva, y a cuya maternal temperatura va creciendo la larva de muchas cabezas, debidamente protegida contra los vientos arrancamáscaras que soplan desde direcciones inconvenientes. CINCO: los cabezazos estériles contra el muro que nos separa de la bibliografía actualizada, y de otras fuentes de información que en otras latitudes están al alcance de cualquiera. SEIS: la larga ensoñación cerebelosa, seguida de una búsqueda casi siempre infructuosa y que, gracias a alguna rarísima bocanada de suerte, puede culminar en el hallazgo de un editor o un representante literario venido del más allá al safari de talentos en la selva tercermundista y caribeña, seguido a su vez del forcejeo, las más de las veces impúdico, para impedir que algún colega nos robe la atención de ese príncipe azul que trae en su frente, a manera de corola de luz, el sello indeleble de una editorial extranjera. SIETE –la jabita de la bodega, de la que, cualquiera sea su variante, al final solo se libran uno o dos elegidos, no importa cuántos premios, posters y doctorados se llegue a atesorar en el currículum: la jabita siempre estará aguardándonos al final del camino a casi todos por igual, como una maldición sin redención. La octava angustia, la de las escritoras, por pertenecer a cierta parte de la vida solo visible para la interesada, mejor no la menciono, pero conste que guarda relación con los inconvenientes de la castidad.

Guerra es un escritor que no da palos de ciego, no se queda en “el traje” que tanto preocupaba a Alejo Carpentier, un grande de la literatura universal que renegaba de su ópera prima por considerarla inmadura —una pena que nadie quiera hoy reflexionar sobre su ejemplo—. Guerra, fecundo en recursos narrativos, nunca pierde las riendas en su empeño. Sabe muy bien lo que quiere y hasta dónde se propone llegar, y como posee un pulso tan seguro puede darse el lujo de emplear un narrador circular, de repetir frases sin que el resultado se parezca, como sucede en tantos otros escritores, al discurso cacófono de un ebrio vulgar o de un disléxico, sino al reflejo de la duda, que confiere un flujo peculiar a la conciencia, la duda que acelera el pensamiento y lo fragmenta y vuelve atrás y regresa y salta hacia delante en un intento por ordenar las caóticas voces del murmullo interior. Leyendo a Guerra, uno puede seguir los vaivenes del espíritu de sus personajes, las fluctuaciones de sus conflictos éticos y sus deseos más secretos. Sus personajes no solo están bien caracterizados psicológicamente, sino se impregnan de una humanidad que saben trasmitir con eficacia, llevando hasta sus últimas consecuencias las facultades de la ficción: inducir en el lector una transustanciación de identidad.

Y es, tal vez, en la densidad y la grandeza humana y literaria del discurso de personajes donde Guerra alcanza su máximo esplendor —una estatura que recuerda a los maestros decimonónicos por su intensidad, vehemencia y connotación ético-filosófica—. La soledad del tiempo tiene varios momentos memorables, por imantados e imantadores de nuestra realidad. ¿Quién podrá olvidar el capítulo titulado “El Mesías”, donde un Sergio Navarro ya irremisiblemente derrotado —desde la perspectiva de los valores de un Emilio Varona y comparsa, por supuesto— predica a los nada receptivos pasajeros de un ómnibus como si fuera un Cristo negro de pie sobre las aguas? Mientras leía esas páginas recordé vivamente aquella escena del filme Suite Habana, del realizador Fernando Pérez, donde la cámara toma en picado a una multitud que baila, totalmente olvidada de Dios, al son de una orquesta en La Tropical, mientras la música de fondo se funde con un Ave María legendario. Es la misma piedad ecuménica, el mismo dolor del creador-personaje por la disolución del alma colectiva en las oscuras aguas de un concepto de patria tejido con consignas, orquestas y otros vampirismos del discernimiento. Leía esas páginas de Guerra y acudía sin cesar a mi mente la voz del que clama en el desierto. Solo que si La soledad del tiempo hace en sus lectores un efecto siquiera similar al que causó en mí, un efecto así, medianamente inquietante y desasosegador, el creador está lejos de haber lanzado su reclamo al vacío.

Otro momento para mí memorable —porque tuvo resonancias demasiado personales— fue el viaje de Sergio a Guadalajara tras haber obtenido un premio literario muy importante (que no le concedió Varona, lo cual, por cierto, equivale a escurrirse entre las patas del Diablo). Cada palabra, cada sílaba, cada fonema de los días mexicanos de Sergio Navarro me hicieron revivir mi propia experiencia en la Feria del Libro de Guadalajara porque, como Sergio, yo también arribé luego de tres aviones a un aeropuerto donde nadie me esperaba, y también tuve miedo de los taxis donde un turista puede ser secuestrado, y también escuché la misteriosa voz de los altoparlantes, llena de advertencias para el recién llegado. Soy una mujer blanca, pero soy una escritora y sé muy bien que Guerra no exageró una sola vez al narrar la odisea de su personaje, su aplastante tristeza al verse confundido entre una multitud ante la que diserta Emilio Varona sobre los jóvenes escritores cubanos “de primera línea” y donde, a pesar del premio que Sergio ha ganado y que lo ha llevado a esa butaca que ahora ocupa en el fondo del salón donde diserta Varona, sigue siendo un escritor invisible, porque aún allí, frente a la concurrencia que los rodea a los dos, Varona sigue negándose a incluir el nombre de Sergio Navarro en la lista de los que cuentan en la joven literatura cubana. Sergio solo resulta visible porque es negro, porque los mexicanos lo confunden cordialmente con un deportista, porque las mexicanas lo quieren de amante. ¿No se encuentra aquí una parábola de la invisibilidad que pesa sobre cualquier escritor de cualquier parte del mundo mientras la crítica no pronuncie su nombre? Así es de poderosa la crítica literaria: no importa que el escritor dedique toda su vida y toda su energía durante años a hacer una buena obra, una respetable obra: si el benefactor o el crítico, o ambos inclusive, no quieren pronunciar su nombre, aunque piense cartesianamente, el autor no existe ni existirá hasta que los tipos clave del negocio se dignen reconocer públicamente su existencia. Hasta que le digan, condescendientes y desdeñosos: “Hay hoy mucha gente en Versalles”. Estas páginas de Guerra son como un foco rojo proyectado sobre el silencio cómplice y culpable de la crítica dedicada a enaltecer el fraude y silenciar el talento. La crítica vasalla, la crítica bandida, la deshonesta que tan a menudo padecemos.

Otro momento que brilla por su lucidez es cuando en sus soliloquios el negro Navarro enjuicia a los Novísimos, esgrimiendo en sus oscuras manos, que no son precisamente las del olvido, el arma mortal de su juicio tan certero como implacable sobre un fenómeno ocurrido en la literatura cubana, cuando en medio del período especial la colección Pinos Nuevos hizo su aparición con dieciocho autores noveles en la sección de narrativa, casi todos publicando por primera vez, cuyo discurso, según ellos mismos anunciaban, pretendía remediar el silencio culpable de la prensa ante la realidad cubana del momento, detonar el idioma, sepultar a todo escritor en aquel entonces de más de cuarenta años, etc.... También estuve presente, una tarde de 1994, en la presentación de aquella colección de narrativa en Pabexpo, y recuerdo perfectamente cómo uno de los panelistas afirmó, envuelto en vapores etílicos, que aquellos dieciocho narradores se ufanaban de “escribir mal”, además de ser francotiradores completamente involucrados en el ajuste de cuentas de la sociedad frente a la realidad nacional. Y los llamó generación. Dieciséis años después de aquel discurso vergonzoso, la mitad de los Novísimos reside fuera de Cuba, mientras la otra mitad sigue en la isla; de aquellos dieciocho al menos cuatro, hasta donde recuerdo ahora mismo, son hoy premios Carpentier, premios UNEAC, premios de la Crítica, y no en todos los casos han sido laureados por escribir mal; al menos la mitad de la mitad siguieron trayectorias absolutamente personales desligándose de toda marca grupal; de esos dieciocho narradores surgieron al menos dos de los actuales “raros” de la literatura cubana, con poéticas enraizadas en vanguardias artísticas de la primera mitad del siglo XX y aspiraciones de universalidad, y que, sin embargo, no han declinado escribir sobre su país con estilos donde aquel cacareado desaliño no ha tenido cabida. ¡Cuántos vaticinios falsos! ¡Cuántos falsos profetas han quedado en ridículo! La soledad del tiempo da testimonio de ello. Si alguien quiere entender qué fueron y qué no fueron los Novísimos, que lea esta novela. Nunca lo he visto mejor explicado. Nunca lo he visto mejor revelado.

Para terminar, quiero llamar la atención sobre la habilidad que demuestra Guerra para introducir en su estilo, por definición realista y canónico, el plano simbólico y asombrosos recursos propios de la literatura fantástica, lo que le convierte, al menos ante mis ojos, en una especie de héroe, porque son muy pocos los escritores cubanos que se empeñan (y pueden hacerlo) en esos difíciles malabares del oficio de un modo completamente exitoso. La fusión de planos y claves semióticos siempre han sido algo así como la prueba del guisante para quienes aspiramos a una consagración en el mundo entre místico y sagrado del arte literario.

Creo, sinceramente, que Alberto Guerra es uno de esos escritores que no juegan con la literatura, ni hacen de ella un mero taburete sin otra función que la de ayudarlos a convertirse en falsos dioses Varona o en cainescos M.G., sino uno de esos creadores que trabaja en serio para cambiar el mundo, pero sobre todo para obligar a los seres humanos a mirarse por dentro sin las alegres y edulcorantes gafas de la egolatría y la autocomplacencia. Viéndolo desde esa perspectiva, afirmo que La soledad del tiempo es una de las mejores y más significativas novelas de tema cubano que se hayan escrito en este país durante las últimas décadas —otra es para mí Desde los blancos manicomios, de Margarita Mateo Palmer, felizmente Premio Carpentier de novela y Premio de la Crítica, ambas curiosamente enfocadas en el referente de la demencia—, y me pregunto si el poco tiempo que separa la publicación de estas dos obras, tal vez gestadas en lapso semejante, anuncia para la novelística cubana una nueva época más luminosa y prometedora, más dignamente reflexiva sobre nuestra lacerada condición humana.

Pero la pregunta que literalmente me rompe la cabeza es esta: ¿Por qué La soledad del tiempo no obtuvo el Premio Carpentier dos años atrás, cuando el certamen fue incomprensiblemente declarado desierto? ¿Será porque en esas páginas denuncia un hombre negro desde su negritud…, o porque grita muchas de esas verdades que tanto nos gusta esconder tras la cortina de un silencio oportunista y cómplice…, o porque resulta demasiado cuestionadora y, como tal, compromete…, o porque arremete contra los intelectuales que pretenden silbar los toros desde la barrera…? ¿Cuál habrá sido el motivo…? No será, supongo, por la locura final del héroe, puesto que ya sabemos desde El Quijote que aunque entre los poetas y los locos que descienden al Infierno solo los locos no vuelven, cuando consiguen regresar siquiera a medias como lo hizo Sergio Navarro —trasmutado en antorcha—, se pueden convertir en los heraldos negros de la Luz.

CUBA LLORA Y SE DESANGRA



Todos los días me pregunto lo mismo, acuciada por un deber del que no me puedo esconder, ¿qué puedo hacer por Cuba? Y, a continuación, viene la otra pregunta, ¿vale la pena hacer algo por Cuba? Porque, al fin y al cabo, ¿qué es Cuba? ¿esa islita en el Caribe que quiso ser el ejemplo del mundo y hoy va a la deriva? ¿unas cuantas calles de Centro Habana donde, a pesar de la desidia y los derrumbes pervive mi patria chica? ¿unos cuantos amigos que quedan, cada día menos, cada día más tristes los que quedan? Cuba es todo eso y más: una espina en el corazón, una calle en cualquier lugar del mundo que nos evoca un rinconcito de la infancia; una melodía, un rostro olvidado, la tumba de mi abuelo y el futuro de mi ahijado, ese hermoso niño que nació sin culpas y ya carga con el miedo al futuro.

Con creciente asombro y dolor veo la ola de huelgas de hambre que sacuden a la Isla. En un intento desesperado y suicida por hacer algo, un grupo de aguerridos patriotas se lanzan a una lucha desigual. Son acusados de los delitos más atroces por el gobierno cubano; son vilipendiados y el mundo se hace el medio sordo y el medio ciego pero no toma partido. ¿Cuántos muertos más serán necesarios para que el Mundo, así, con mayúsculas, haga caso al llamado de la pequeña isla? Cuba llora y se desangra y pocos le tienden la mano. Si cae Cuba, terminarán los sueños del paraíso en la tierra, la idea de David contra Goliath, el desesperado intento de una mentalidad utópica, disgregada por el universo, que apoya lo que no conoce y lanza loas a los asesinos. Mientras, Cuba llora y se desangra y su propia gente anda extraviada.

En mi último viaje a La Habana, me entretuve en preguntar a la gente común por los blogueros y presos políticos. De diez personas que pregunté, sólo cuatro conocían a Yoani –tres ya no podían leerla desde que censuraron su blog desde Cuba- y sólo una leía a toda la blogósfera cubana. El resto me miraba con cara de sorpresa y hubo dos que no sabían siquiera qué era un blog. Cuando me di a la tarea de explicar lo que intenta hacer la blogósfera las respuestas eran: “Desmaya eso, no estoy pa’ líos”, “Olvídalo, mijita, aquí no se puede hacer nada y yo tengo que buscarme la jama”, “Mamita, yo me voy en una balsa pronto y no me voy a meter en líos por gusto”. De los presos políticos… mejor ni hablar, la gran mayoría repite como autómatas endrogados que son de la mafia de Miami, pagados por el imperio, gusanos. Te viran la espalda y se van a luchar los dólares del imperio.

¿Qué se puede hacer por Cuba? No lo sé. Veo las huelgas en Venezuela y otras partes del mundo y me dan envidia. A veces, me avergüenzo de hablar de mi país, me canso de discusiones para intentar quitar las vendas a los todavía ilusos. Esperar que el gobierno muera parece ser la única esperanza cuando el cerco a la información es cada día más cerrado y la censura más férrea. Cuando nadie sabe de los blogueros, ni de los presos políticos, o lo que pasó en el ISA, o en la UCI. O, si lo saben por radio bemba, queda en el mero chisme del barrio. Y a la mayoría ni le interesa.

Nadie va a pagar por los muertos de Mazorra, cuyas fotos parecen sacadas de un campo de concentración… pero sucedió en La Habana. Nadie va a pagar por la muerte de Boitiel, Zapata, el sacrificio de Fariñas. Nadie va a pagar por los miles de muertos en el mar. Y tantas, tantas otras. Queremos que el mundo presione para que todo termine mientras el grueso de los cubanos o se sientan a ver el espectáculo o se van del país.

Mientras, un pequeño grupo llora y sangra por una isla perdida en el Caribe.

¿Qué podemos hacer por Cuba? Es hora de, al menos, gritar nuestra frustración y desengaño. Gritar hasta quedarnos sin aliento. Y lograr que el mundo grite con nosotros.

FOTOS DE LOS MUERTOS DE MAZORRA: http://www.penultimosdias.com/2010/03/02/los-muertos-de-mazorra/

VAMOS A CHOTEAR






EL PESO CUBANO

Yo soy el peso cubano y aunque aún me llamo así
hoy queda de lo que fui tan solo un recuerdo vano.
Yo era orgullo del cubano iba con él a un hotel
al restaurante, al burdel; compraba carros, mansiones,
joyas, pasajes de aviones… ¡jugaba bien mi papel!

Siempre tuve igual valor que el dólar americano,
y andaba de mano en mano del pueblo trabajador.
Hoy me duele el deshonor, y que renieguen de mí,
verme desplazado así del sitio que yo ocupé
y que Washington esté por encima de Martí.

A mí nunca me gustó tener a Fidel de amigo
él se portó mal conmigo hasta que me destruyó.
Su victoria no bastó para saciar su arrogancia
y con esa petulancia de dictador vil y cruel me
ha dejado hecho un papel sin valor, sin importancia.

Tan destrozado quedé que resulté al fin y al cabo
valer menos de un centavo del que antes representé.
Me sacan de un puntapié de cualquier cafetería,
y es tan poca mi valía que con todo lo que integro
solo en el mercado negro puedo comprar boberías.

Soy paga del pobre obrero que no goza de mis bienes,
vives igual si me tienes que si no tienes dinero.
Me desprecia el mundo entero; dicen que no valgo nada,
no compro ni jamonada, ni azúcar, ron, ni café ya me
perdieron la fe ¡ya no sirvo para nada!

Viaja el dólar de etiqueta en guaguas que son mansiones,
yo solo viajo en camions, camellos o en bicicleta.
Al dólar, se le respeta, él sí es todo un caballero;
donde él llegue lisonjero le llaman Don¹ y Señor¹ y a
mí sin ningún temor, me dicen, ¡sal pa¹fuera, compañero!

Hoy me siento relegado a un tercer mísero plano
por otro peso cubano que el tirano me ha implantado.
El pueblo lo ha bautizado con el mote de chavito¹ -
y como yo, pobrecito, al cruzar la frontera ya no vale
ni un quilito.

Mis quejas yo las formulo a nombre del pueblo fiel
que no tiene ni papel y que trabaja como un mulo
con tesón y sin desgaño pa¹que un anciano tirano,
que no ha sido nuestro amigo, haya acabado conmigo,
¡y con el pueblo cubano!

viernes, 26 de febrero de 2010

ENTRE EL EROTISMO, LEZAMA Y EL CUENTO NEGRO: CRÓNICA DE UNA FERIA



Les cuento todo lo que sucedió en la Feria. La lectura del domingo fue algo sorpresiva para mí, por la cantidad de público. No pensé que Lezama levantara tanto interés. Al ver el auditorio tres abarrotado, con gente de pie y todo, me sentí muy bien porque, una vez más, la palabra del Maestro llegaba a todos.

El jueves tuve la inmensa dicha de compartir mesa con Odette y Nadir. Pensaba leer sólo un cuento pero el tiempo dio para dos. Abrí con "¿Serás bobo, Arnaldo?" y escuchaba las risas del público. Luego, por primera vez ante un auditorio mexicano, leí "Hay un bebé que llora". Se sentía la angustia en el lugar, un silencio sepulcral y caras medio llorosas ante la galopante historia. Al final, un aplauso cerrrado, cargado de hondas emociones, me conmovió. Ha sido una experiencia única poder compartir esta historia, mención en Semana Negra de Gijón. -que ya publiqué en este blog y en el número dos de Aeda.

En fin: que todo quedó de maravillas y espero regresar el próximo año. Mi agradecimiento a Odette Alonso por la invitación.

Y para que no haya más reclamos, los dejo con "¿Serás bobo, Arnaldo?", Primera Mención en el concurso de cuentos eróticos de Camagüey 1998.

¿ Serás bobo, Arnaldo ?

De buen humor: a Senel Paz.
Y a David, por el impulso.


“ Las teorías de Arnaldo”

Cuando conocí a Arnaldo me pareció un poco paranoico por el asunto de la virginidad de las mujeres. “No me interesa si eres virgen o no- me dijo, con una cara de post-masturbador que me conmovió- No me ha interesado nunca”. “¿ Qué buscas, entonces?- le dije- ¿ A la que vuela ?”. Creo que no me entendió, Arnaldo no era muy ducho en cine- ni en nada intelectual. Comenzó a explicarme su teoría. “Cuando la muchacha es virgen el asunto es delicado, ¿ entiendes ? Uno no goza mucho ni ése es el objetivo”. Lo interrumpí, un tanto cortante quizás, pero me crecían los deseos de molestarlo. Quería derrumbar aquel muro de machismo afro-cubano que emergía por todos sus poros.”¿Y cuando el muchacho es virgen? ¿No será ése tu caso?”.” Que pasa, mima, yo soy un hombre cujeao “ me dijo y vi en su pose, en sus gestos, lo que pensó y se calló por ser la primera vez que tocábamos el tema “ Y la tengo bien grande, para que lo sepas “. Lo cierto era que Arnaldo y yo llevábamos como un mes saliendo juntos y me hacía la sueca ante sus: “Tú eres la única que me gusta “ “ Contigo no tengo necesidad de pensar en otra “ “ ¿ Le darías a tu papito todo lo que él te pida ?”. Nunca me preguntó si había estado o no con otros hombres y, por lo tanto, no me sentía obligada a explicarle nada. No soy una buscadora de sensaciones, ni cazo hombres, pero estaba atravesando una situación difícil emocionalmente y, bueno, ¿por qué negarlo ? el mulatón me divertía, la pasaba bien a su lado y... me gustaba. A sus teorías le podía hacer caso o no, los hombres- ¡y las mujeres!- se prueban en la cama. Por eso, cuando lo oí un día hablando con su sobrino, no me escandalicé en lo absoluto. “¿ Entiendes, chama ? Entras con todas tus fuerzas y entre más sangre, mejor. Que sienta todo tu tamaño, o, al menos, buena parte de él ; y si llora y te clava las uñas en la espalda no te asustes ni te molestes. Guapo ahí, como todo un macho. Oye los consejos de tu tío. Quiere decir que has hecho un trabajo perfecto “.Aquello me pareció tan cómico y tan absurdas las serias caras de los “machos” que decidí bajar la guardia y permitir que Arnaldo actuara.

“Arnaldo y yo vamos al cine”.

Por primera vez desde que nos conocimos, Arnaldo y yo fuimos al cine. Hasta ese momento, sólo habíamos ido a fiestas, a casa de amigos o a comer. Pero yo ya había tomado una determinación... y la iba a poner en práctica.

Los cines. Lugares ideales para calentarse, tocar, apretar, chupar. Escogí una película perfecta, El espejo. Arnaldo no iba a aguantar ni diez minutos y, para no aburrirse, querría hacer algo. Lo planifiqué todo: Cinemateca, frío insoportable, sala vacía, asientos arriba. Manos al asunto.

Como a los siete minutos de haber empezado la película, Arnaldo lanzó un suspiro y me susurró: “Oye, mamita, ¿ tú entiendes esto ? ¿Estás loca ? ¡No me dijiste que era un filme chino!” “Chino no- le riposté- es ruso”. “¡ Será ruso, pero para mi está en chino! “. Para tranquilizarlo, puse mi mano en su rodilla y me apreté contra él. Al ratico, comenzó a besarme las orejas, el cuello, los labios. “¡El tipo se está calentando! “- me dije y empecé a subir mi mano poco a poco. Ya estaba muy cerca de la cosa cuando me la quitó del camino que llevaba ¡Vaya ! ¿Qué pasaba? ¿No quería que supiera el verdadero tamaño del mandao ? ¿No se le paraba ? “Déjame tocártela- balbuceé en su oído- sino, no me caliento” “Tranquila, déjame a mi las iniciativas. Tu papel es responder, no atacar”. Me acarició los senos, primero con suavidad, después con un hambre como si no hubiera comido en tres días. Todo me dio vueltas y quise gritar pero lo único que hice fue moverme en el asiento. ¡Qué bulla empezó a hacer la condenada butaca ! Para colmo, el espacio no me dejaba mover las piernas. Intenté meter su mano debajo de mi vestido, pero nada: el tipo había establecido una frontera mágica de mi cintura para abajo. Quise cogerle el bicho y volvió a esquivarme. “Dámelo, lo quiero en mi boca- le dije temblando. Me soltó y recobró su compostura. ¡Ah, ¿ qué es esto ? ¿Será maricón ? Sí, a lo mejor se hace el macho y nada en las dos aguas. ¿Será impotente, y le dará pena? En ese momento, recordé la historia del hombre que sólo se le paraba si la mujer le metía un pedazo de vela por el culo : le metía la vela, se le paraba; le sacaba la vela, se le caía. ¡En ese trajín toda la noche! ¡Y nada más que con velas! ¿Sería ése su caso ? Tanteé en la cartera: un peine, un pañuelo, un creyón de labios, el espejo, algún dinero, las llaves. ¿Con el creyón, que es gordito? Pero si no se ha dejado tocar la cuestión, ¿cómo le toco el fondillo? Deslicé mi mano por su asiento y con trabajo la puse bajo su nalga. “Oye, oye, quita eso de ahí” y de un tirón, sacó mi mano. Desesperada, no sabía qué hacer. ¡Necesitaba saber el tamaño del dichoso aparato, ver mi material, la calidad de la carne ! Salté al piso y le mordí la picha. Dio un brinco, el asiento se derrumbó, la película se cortó y no sé a qué imbécil se le ocurrió encender la luz.



“¡ Oh, Cristo !”

“Hoy soy todo tuyo, nena. Para lo que quieras”- me dijo Arnaldo aquella tarde apenas me recogió en su casa. “¿ Para cualquier cosa que yo quiera ? “ .“ Sí”. Pensé rápido y con una enamorada sonrisa le respondí: “Quiero ir contigo al otro lado de la bahía... a hacer una visita especial”.
Apenas nos bajamos de la lancha, me pareció extraña su forma. Tenía un cierto aire de o-be-dé-ce-la, como si alguien le hubiera sugerido esa actitud. ¿O sería parte de sus tesis? Bueno, ese era su asunto: no me iba a ablandar con esa carita de niño-bueno-mami-hoy-me-comí-toda-mi-papa. Con ese halo de ingenuidad, más bien me calentaba y me daban deseos de devorarlo a chupadas limpias. Pero, ¡atención! ¡Con calma !
Tomamos a la izquierda, hacia los fosos de La Cabaña. A mitad de camino me detuve y le enseñé el Cristo que se levantaba justo delante de nosotros con sus amplios brazos bendiciéndonos. “Vamos a subir por aquí. Es difícil pero hoy quiero soledad”. No dijo nada, me tendió la mano y con un poco de trabajo escalamos la pendiente. Me detuve, con el aliento alterado, miré, calculé la distancia y saqué un amplio nylon. “Ven, vamos a sentarnos”. Se colocó a mi lado mientras las sombras nos envolvían. “¿No habrá mosquitos? “ ¡Al fin había roto su mutismo ! “No lo creo, hay bastante aire” “ ¿ Y a éste no le molestará lo que vamos a hacer ?”- y me señaló con el dedo la escultura. Reí con fuerza y mientras decía que no con la cabeza, miré hacia arriba. ¡Qué extraño ! ¡Cristo estaba inclinado, como escuchándonos ! “Arnaldo- le susurré-¿ no lo ves muy echado para delante ?” “Tonta, es tu posición “ y mientras decía esto, metía su mano por debajo de mi saya. Me abracé a él y cerré los ojos. De pronto, su cabeza comenzó a bucear entre mis piernas y lo oí rugir: “¡Ay, Dios mio !” “¡Qué grande es, Dios !”. Comencé a gemir muy quedo y a realizar ligeros y sutiles movimientos de cadera. Arnaldo me lanzó contra la tierra y abrí los ojos un poco asustada. ¡ Cristo se había tapado la cara con ambas manos! “Arnaldo, Arnaldo...-dije entrecortadamente pero lo que tenía arriba de mi era un monstruo bestializado- oye, oye, calma, mira...” ¡ Nada ! Me había arrancado la blusa, el bloomer y con la mano derecha se cogía la cuestión para atacar. “Espera, pipo, yo la quiero”- y, rauda, me incorporé y me la metí en la boca antes que pudiera oponerse-por lo menos, así el otro quedaba a mi espalda y no lo veía. Arnaldo gritó: “¡Raspadura, raspadura!” ¿Y ahora qué rayos quería? ¿Tendría hipoglicemia céfalo-pélvica? ¿De dónde coño sacaba ahora azúcar ? ¡ Oh, Dios, qué raro es este tipo! Me esmeré con labios, lengua, dientes... ¡aquello no crecía ! “¡La raspadura, la raspadura!”- seguía Arnaldo con su cantaleta. Se dejó caer hacia atrás y me arrastró con él. Instintivamente, me agarré de algo duro, flexible, enorme, encima de mí. “¡ Qué rama más sensual ! “- pensé y me monté sobre Arnaldo. “¡Así, así, cómete la raspadura!”- gritó y su bichito se irguió apenas unos centímetros. ¡ Ésta es la mía !. Me coloqué en posición pero no quise soltar mi asidero natural. “Me la meteré en la boca- pensé- así atenuaré mis gritos “. La oscuridad era ya completa, ni a la escultura podía ver. Un movimiento a la derecha- un besito a la rama- un movimiento a la izquierda- un lengüetazo a la rama- hacia arriba- una mordida a la rama- abajo con todas mis fuerzas- una larga y profunda chupada a la rama. Arnaldo se debatía debajo de mí pero ni siquiera me hacía cosquillas. De repente, un dedo poderoso entró por mi culo. “¡Me gusta eso, me gusta eso, pipo !”- le grité. ¡ La fiesta se estaba poniendo buena! Me empecé a mover con más brío, Arnaldo a bramar con mayor fuerza y el dedo a hacerme sentir las delicias infernales contra natura. Nada, que si el tipo no era bueno con la picha... tenía dedos sagrados. Un alarido prolongado de Arnaldo y un mareo que casi me hizo perder la conciencia me lanzó, temblorosa y exhausta, encima de él. Mi rama se escapó de la boca y un líquido espeso y abundante inundó mi rostro. Arnaldo me susurró: “¿Te gustó ?”. Miré hacia arriba, asustada. ¿ Qué le iba a responder? Cristo había recuperado su posición inmortal y en su satisfecho rostro se reflejaba resuelta su tentación. “Sin duda, ha sido el más celestial de mis orgasmos “- le dije y pensé, burlona: “¿Serás bobo, Arnaldo ?”.

martes, 16 de febrero de 2010

FERIA DEL PALACIO DE MINERÍA

Hoy les traigo dos noticias-invitación para que me acompañen en la Feria del Palacio de Minería. Gracias a Odette Alonso, que tuvo la gentileza de invitarme a una lectura y de ponerme en contacto con los organizadores, podré hablar de Lezama en su centenario -será una plática informal e informativa- y leerles un cuento... que todavía no sé cuál será, lo dejo en la incógnita.

Los espero por allá, entonces.

Domingo 21 de febrero de 16:00 a 16:45 hrs. Conferencia. José Lezama Lima y la Cubanidad, por Yamilet García. AUDITORIO TRES.

Jueves 25 de febrero de 16:00 a 16:45 hrs. Lectura. Lectura de narradoras latinoamericanas, con Carola Brantome (Nicaragua), Nadir Chacín (Venezuela), Yamilet García (Cuba-México) y Odette Alonso (Cuba-México). AUDITORIO CUATRO.

Y UNA NOTICIA DE ÚLTIMA HORA: Mi novela Del otro lado, mi vida, estará en el stand de la Editorial Veracruzana en la Feria. Para todos los que no han podido adquirirla.

jueves, 4 de febrero de 2010

REVISTAS EN LA RED: .38

La Era Cibernética nos cobija, emborracha, exige y diluye en un mundo cada vez más lunático. Con sólo un click, nos ponemos en contacto con el Universo en instantes y las barreras desaparecen de manera rápida. No todo es bueno en este caos. Comentaba el otro día que el género epistolar, al que tantos enamorados han acudido a largo de los siglos, está en vías de extinción –si no es que lo enterramos ya. Si los ardientes enamorados que se pasan correos electrónicos y chatean o “twitean” constantemente sus TQM no se dedican a guardar sus mensajes –escuálidos en palabras barrocas y envolventes- no sabremos mucho de cómo se enamoraba en estas fechas. Werther ya no tendrá un diario pletórico de locuras. Y los Epistolarios pasarán al olvido.

Pero, ¿es todo tan malo? Entre derechos de autor que se extravían entre páginas y páginas de bibliotecas virtuales; blogs plagados de faltas de ortografía, lenguaje soez e imágenes que debieran ser prohibidas, el mundo de las publicaciones periódicas ha alcanzado un despegue insospechado: con un mínimo de dinero y un grupo de colaboradores entusiastas –que incluye, por supuesto, un diseñador- las revistas se han diseminado como olas por la blogósfera. No todas, por supuesto, tienen calidad pero el hecho cierto es que las revistas –como la vida misma- han pasado a ser patrimonio de todos porque –una vez más- con un click se puede leer una publicación de cualquier tema, realizada en algún lugar del mundo –cercano o lejano- y alojado en una página web. Pero no les voy a hablar de Aeda, no se asusten, sino de una revista española que rinde tributo al género negrocriminal o negropolicial: la Revista 38.

Según me cuenta Ricardo Bosque, director del proyecto, el primer número salió en junio de 2008 y hasta la fecha van siete trimestrales, más un especial dedicado a Connelly. Y todo comenzó por un intento de resumir los cinco primeros años del blog La Balacera. Pero había artículos muy largos y cuentos, así que lo mejor era lanzarse a un proyecto más ambicioso.

Fue así como surgió .38, una revista digital dedicada al género de los asesinatos y robos. Recuerden –como bien dice en la Introducción de la Revista- que “38, [ es ] el calibre recomendado por nueve de cada diez pistoleros a la hora de organizar una buena balacera”. En la Revista se funden todos los géneros relacionados al tema, tal y como se expresa en su número siete:” no faltan las novedades editoriales, el cine -atención al artículo que firma Juan Ramón Biedma-, la música -más audiovisual que nunca-, las perlas ensangrentadas, los auténticos matarratos de la casa y un estupendo artículo de Francisco J. Ortiz sobre un par de cómics negros para cerrar la revista”. Estas palabras son un muy buen ejemplo de lo que se puede encontrar allí.

Como sé que muchos de uds, mis queridos lectores, se están acercando al género y tienen mucha curiosidad por saber acerca de él, los invito a que visiten esta revista… y después me dirán.

Ya saben que en mi tienen a una apasionada del género.

http://www.punto38.es/index.html

(Éste es el primer post de una serie que les iré presentando de Revistas en la red).