Un ruso llega a la competencia deportiva, lanzamiento del martillo, le da las vueltas o impulsos necesarios y ……..allá va el martillo y se perdió de vista como si hubiera sido Superman el que lo lanzó. Los periodistas y fotógrafos salieron corriendo y gritando. Un periodista le pregunta al ruso: ¿"Qué entrenamiento usó para romper el récord? Ha impuesto ud una marca absoluta difícil de igualar en largos años" Y contesta el Ruso: "Y deja que agarre la hoz, tu verás a dónde a va ir a parar……".
Informe de la CIA…
Obama envía a un agente de la CIA a Cuba para que investigue la situación y le haga un informe.
Después de una visita clandestina el informante non-cubano rinde el siguiente parte:
“En Cuba no existe desempleo, pero nadie trabaja. Nadie trabaja, pero se cumplen todas las metas productivas. Se cumplen todas las metas productivas, pero no hay nada en las tiendas. No hay nada en las tiendas, pero la gente resuelve. La gente resuelve, pero no cesa de protestar. La gente no cesa de protestar, pero van a la Plaza y aplauden a Fidel. Aplauden a Fidel, pero piden a Dios que se lo lleve pronto. Conclusión: Ese país no hay quien lo entienda”.
¡Gracias a Dios!
Un guardia americano, de posta en la cerca de la Base de Guantánamo , comenta con el guardia cubano que está del otro lado:
—¡Gracias a Dios que solo me quedan 15 minutos para terminar mi turno!
—¡Gracias a Fidel que dentro de 15 minutos también termina la mía!
—Los tuyos no son valores imperecederos, ¿qué vas a decir cuando se muera Fidel?
—¡Gracias a Dios!
Pitibuchi ha aparecido hoy, agosto del 2007. Y aunque nació hace tiempo, en La Habana, sólo ahora se decidió a compartir sus ideas y escritos. Aquí hablaré de Literatura, de cine, de Arte, de museos y -¿ por qué no?- de la vida.
QUE EL ÁNGEL DE LA JIRIBILLA LOS ACOMPAÑE.
REVISTA AEDA
sábado, 6 de agosto de 2011
martes, 19 de julio de 2011
EL SILENCIO DE LA LLUVIA
La culpa es de la lluvia
el sonido del viento
mi cuerpo desnudo de esperas
la lluvia y yo
el viento y los deseos
una gota que cae en el asfalto
rocío multiplicado
llamarada que se estremece
la lluvia y los años dormidos
mi cuerpo
lluvia que se estremece en la espera
viento que asesina anhelos
no lo sabes
nunca lo has sabido
enllueve en mis dolores
sucumbe el viento en mi espera
soy yo la que no soy
entre la lluvia, el viento y tu silencio
búscame en la sequía
abandóname en el huracán
no importa
siempre tendré el silencio de los charcos
y la música del goteo
YAMILET GARCÍA ZAMORA
19 de julio de 2011
martes, 12 de julio de 2011
EL BISTÉC DE PALOMILLA
Mis amigos y yo decidimos ir ese día a un restaurante en pesos cubanos. Me habían dicho que en La Habana ya existía un pequeño grupo de lugares en los que se podía pagar en moneda nacional. Y el antiguo Club 21 era uno de ellos. Quisieron invitarme, tener conmigo un gesto de correspondencia, no obstante que sus salarios –y hablo de tres profesionales de la Literatura- no les permitía esos lujos. Pero yo estaba de visita, era noviembre de 2009 y nadie sabía cuándo iría de nuevo.
En el menú, una sorpresa: ¡bistéc de palomilla! Sólo había llegado Ángela, mis otros amigos todavía no se aparecían. Llena de terror, Ángela le preguntó al camarero si podía apartar cuatro bisteces, ante el temor que el suculento plato se acabara. La respuesta me dejó más anonadada que la petición: “No, no puedo, porque cuando se acaben los bisteces y le diga a la gente que ya no hay y, después, saque los de uds, me voy a buscar tremendo lío. Les sirvo ahora a uds. dos y después que sus amigos coman lo que haya o se esperan y si se acaban, mala suerte”.
Me ataqué de la risa. Ángela, estupefacta, me dijo: “No sé de qué te ríes”. ¿Cómo explicarle que en cualquier lugar del mundo, en un restaurant, es muy, pero que muy difícil, que se acabe un plato? ¿Cómo decirle que el “suculento” bistéc me era totalmente indiferente, porque lo como muy a menudo? ¿Sería pertinente hacerle ver el absurdo alimenticio de un país donde, si no llegas a la hora en que abren los establecimientos, se acaba la comida? ¿Para qué entrar en discusiones, ante su manifiesta angustia por la posible ausencia del bistéc? Me encogí de hombros y entre risa y risa, le dije: “Me tengo que reír porque yo mañana regreso a México”. Entendió perfectamente lo que encerraba esa frase y no insistió, pero siguió acongojada ante la impuntualidad de los amigos y la muy cercana posibilidad de no comer bistéc.
Salimos como a las tres de la tarde. A esa hora, ni sombra del codiciado manjar pero, por suerte, el resto del grupo había llegado a tiempo –casi casi tuvimos que correr detrás del camarero y arrancarle de las manos unos escuálidos y resecos trozos de carne. Pero en la esquina, en un restaurante en CUC, las mesas estaban rebosantes de palomillas y todos sus primos y hermanos.
En el menú, una sorpresa: ¡bistéc de palomilla! Sólo había llegado Ángela, mis otros amigos todavía no se aparecían. Llena de terror, Ángela le preguntó al camarero si podía apartar cuatro bisteces, ante el temor que el suculento plato se acabara. La respuesta me dejó más anonadada que la petición: “No, no puedo, porque cuando se acaben los bisteces y le diga a la gente que ya no hay y, después, saque los de uds, me voy a buscar tremendo lío. Les sirvo ahora a uds. dos y después que sus amigos coman lo que haya o se esperan y si se acaban, mala suerte”.
Me ataqué de la risa. Ángela, estupefacta, me dijo: “No sé de qué te ríes”. ¿Cómo explicarle que en cualquier lugar del mundo, en un restaurant, es muy, pero que muy difícil, que se acabe un plato? ¿Cómo decirle que el “suculento” bistéc me era totalmente indiferente, porque lo como muy a menudo? ¿Sería pertinente hacerle ver el absurdo alimenticio de un país donde, si no llegas a la hora en que abren los establecimientos, se acaba la comida? ¿Para qué entrar en discusiones, ante su manifiesta angustia por la posible ausencia del bistéc? Me encogí de hombros y entre risa y risa, le dije: “Me tengo que reír porque yo mañana regreso a México”. Entendió perfectamente lo que encerraba esa frase y no insistió, pero siguió acongojada ante la impuntualidad de los amigos y la muy cercana posibilidad de no comer bistéc.
Salimos como a las tres de la tarde. A esa hora, ni sombra del codiciado manjar pero, por suerte, el resto del grupo había llegado a tiempo –casi casi tuvimos que correr detrás del camarero y arrancarle de las manos unos escuálidos y resecos trozos de carne. Pero en la esquina, en un restaurante en CUC, las mesas estaban rebosantes de palomillas y todos sus primos y hermanos.
viernes, 1 de julio de 2011
EL TÁBANO, ¿LIBRO OLVIDADO?
Entre las lecturas de mi casi niñez- debía yo tener unos trece años la primera vez que lo leí- se encontraba El Tábano, obra de Ethel L. Voynich (1864-1960). Llena de un romanticismo revolucionario muy difícil de encontrar en la literatura europea del siglo XIX –ya los héroes románticos latinoamericanos se encargarían de asumir todos los ideales libertarios en un continente que luchaba por su emancipación-, la historia apasionante –y apasionada- aventurera, anticlerical y trágica del joven Arturo llevará al lector de la mano por los senderos oscuros de la venganza y el dolor del amor no correspondido. Arturo será traicionado por sus amigos, su confesor, el cura que siempre admiró –y que, paradójicamente, es su padre prohibido- y en su pecho anidará un odio sin panaceas hacia la Iglesia y la religión. De católico ferviente, su alma transitará por el infierno del odio para transformarse en el ateo radical que no perdonará las flaquezas humanas a una Humanidad que lo condenó al odio, el cinismo y el sarcasmo.
El Tábano es un hombre que ha perdido la confianza en el prójimo y se esconde tras una supuesta máscara de frialdad que oculta su gran amor: el cardenal Martinelli, su padre biológico. Esta dicotomía amor-odio lo hace padecer más que sus propios dolores físicos. Convertido por los hombres en un adefesio, marcado por las burlas y los golpes, Arturo lucha de forma casi paranoica por el único ideal que le queda en su vida: el amor a la patria ocupada por el extranjero. Como antaño Edmundo Dantés, Aturo quiere venganza. Y la busca, tratando de destruir al impecable, casi santo Martinelli. “ Creía en usted, como creía en Dios. Dios es una cosa hecha de barro que yo puedo deshacer con un martillo; y usted me ha engañado con una mentira”
Arturo no puede perdonar porque su odio es más fuerte que cualquier sentimiento de condescendencia. Y como todo héroe romántico, deberá morir. Pero el sacrifico lo decidirá su propio padre, que lo llevará al pelotón de fusilamiento como antes lo llevó a una fuga suicida.
No es esta una novela que suele nombrarse en los círculos universitarios. No es considerada un clásico de la literatura. Para muchos, el nombre de la autora irlandesa es totalmente desconocido. ¿Cuál podría ser, entonces, su gran logro? ¿Por qué dedico estas páginas a una obra menor?
El estilo de El Tábano es sencillo: historial lineal, descripciones plagadas de imágenes románticas clásicas, diálogos extensos y detallados. No hay originalidad estética. El Tábano es una especie de Conde de Montecristo, sólo que muy romántico y revolucionario y sin la suerte del primero. Su vida está marcada por la venganza, a tal punto que en ocasiones opaca su labor revolucionaria. La novela cabalga entre el romanticismo más genuino, con vestigios de naturalismo y pinceladas de lo que se llamó Realismo Socialista –ya para esas fechas Máximo Gorki había escrito muchas de sus obras. Es, evidentemente, un texto de transición entre dos siglos, donde se fusionan varios períodos literarios. Profanamente anticlerical y radicalmente apasionada, El Tábano nos puede despertar pavor, lástima, admiración, horror, condescendencia: mezcla de sentimientos sobre la crueldad humana, los ideales que se desmoronan –el creyente que es burlado por su propia religión- o los que nacen con fuerza en el duro bregar –el ansia de independencia. Porque ese hombre sin juventud, sin amor, perseguido por los fantasmas de sus penares, es también un hombre del siglo XXI. A la niña de 13 años, el Tábano le parecía un héroe de leyenda que moría por sus ideales. A la mujer de hoy, 32 años después, el Tábano le despierta una conmiseración sin límites.
“Padre, ¡este Dios suyo es un impostor; sus heridas son falsas heridas, su dolor es una farsa!... ¡Si pudiera, por lo menos, saber lo que ha sido mi vida! ¡Y no obstante, no me he muerto! Lo he resistido todo, y he llenado mi alma de paciencia, porque yo volvería y lucharía con ese Dios suyo. He mantenido este propósito como una coraza junto a mi corazón y eso me ha salvado de la locura y de la segunda muerte. Y ahora, cuando vuelvo, lo encuentro todavía en mi lugar… ¡esa flasa víctima que fue crucificada durante seis horas, ciertamente, y se levantó de nuevo entre los muertos! Padre, he sido crucificado durante cinco años, y también he surgido entre los muertos. ¿Qué va usted a hacer conmigo?"
jueves, 16 de junio de 2011
LAS LENGUAS PROHIBIDAS. SEGUNDA PARTE
Más aún, la propia Constitución cubana de 1976, reformada en 1992 y 2002, contiene aspectos liberales: ahí se defienden principios como el gobierno representativo, la división de poderes, la libertad de cultos, el derecho a la libre expresión, siempre y cuando sea dentro de las instituciones del Estado y nunca en contra del sistema socialista. Sin embargo, el eje del vasto e ineludible legado del pensamiento liberal, que es la representación política, está ahí. Como estaba en Marx, quien, en el retrato reciente de Francis Wheen, fue durante toda su vida un crítico y un opositor del absolutismo estatal y de todo tipo de censura o trabas a la libertad de movimiento y asociación. Ese Marx liberal forma parte de las lenguas prohibidas en Cuba.
La crítica del Estado
Cuando la Constitución cubana establece que las libertades públicas no pueden ser ejercidas contra el Estado está colocando a éste, el Estado, y no a la ciudadanía, como centro de la subjetivación política en Cuba. Cualquier reflexión teórica sobre el socialismo cubano y sus posibilidades de transformarse en una democracia soberana y equitativa tiene, por tanto, que colocar al Estado en el centro de sus interrogaciones críticas. Observado a la luz de esa entidad que, como decía Marx, es la más abstracta de las realidades, el socialismo cubano podría ser definido, no como una modalidad anticapitalista, sino como un tipo específico de capitalismo.
La ecuación capitalismo y Estado es un fenómeno nuevo, que, con diferentes aplicaciones, tiene lugar en China y Cuba, y frente al cual concurren las críticas del liberalismo y el marxismo. Walter Benjamin o Isaiah Berlin describirían el socialismo cubano actual como una variante del capitalismo, en la cual el Estado, sin dejar de controlar la mayor parte de la economía nacional, comienza a funcionar como una empresa, ya que sus ingresos provienen, fundamentalmente, del capitalismo global: las remesas que envía la comunidad emigrada, las inversiones de capital foráneo y dos modalidades de servicio, el turismo y los médicos y maestros “internacionalistas”, que también reportan ganancias provenientes de vecinas economías de mercado.
Un Estado como el cubano sería tan cuestionable desde el neomarxismo de Alain Badiou o Slavoj Zizek como desde el liberalismo de John Rawls o Giovanni Sartori. Un Estado así, cuya ideología oficial se aferra al concepto burgués de nación y cuya política económica y social ofrece tan pocas posibilidades de subjetivación autónoma para la ciudadanía, es la negación mutua de los legados marxista y liberal. De producirse una apertura de la esfera pública, en la isla, donde puedan circular todas las lenguas políticas contemporáneas, no sería extraño que más de un marxista y más de un liberal se pongan de acuerdo en la reforma de ese Estado.
Cuando un poder limita la circulación pública de ciertas lenguas busca obstruir el proceso por el cual las ideologías se socializan y transforman en políticas concretas. Al identificar con “capitalismo”, “neoliberalismo”, “derecha”, “reacción”, “conservadurismo”, “imperio” o “contrarrevolución” –término “confuso” del lenguaje bolchevique, como decía Benjamin- toda alternativa de conducción política o económica, diferente a la del actual gobierno cubano, aun aquellas ubicadas en la izquierda neomarxista, el socialismo democrático o la socialdemocracia, el régimen opera con una lógica rígidamente binaria.
Si las posibilidades se reducen a Washington o la Habana, el imperio o Cuba, capitalismo o socialismo, es más cómodo porque no es necesario definir de un modo sofisticado el socialismo ni admitir el grado de capitalización que acepta el Estado cubano. Quienes sin dejar de asumirse como socialistas, defienden cierto margen de privatización o una extensión de derechos civiles y políticos quedan, entonces, catalogados como “neoliberales”, “neoanexionistas” o “neocoloniales”. Así, el debate se simplifica y se criminaliza la construcción de prácticas políticas autónomas desde la impunidad del discurso hegemónico.
La respuesta más socorrida del gobierno cubano a sus críticos es que estos no son tales, que quien es crítico –del imperialismo, la globalización, el neoliberalismo…- es él y que sus críticos son oficialistas del “imperio”, el “capital” y la “CIA”. Al establecer una equivalencia entre esos contrarios –Cuba y el imperio- se sugiere que, para defenderse, Cuba debe prohibir la circulación de las lenguas imperiales en la isla, de la misma manera que el imperio prohíbe las lenguas cubanas en el mundo. Cuba queda entonces definida como un microcosmos socialista que reproduce, asimétricamente, las funciones simbólicas del campo socialista durante la Guerra Fría.
La brutal disolución de matices que genera esa antinomia impide comprender, por ejemplo, el fenómeno de la intensa rearticulación teórica del neomarxismo en los últimos veinte años o la emergencia de una oposición de izquierda al socialismo cubano, dentro y fuera de la isla. La profusión de discursos afines o partidarios del gobierno cubano en el mundo –desde la academia norteamericana hasta las izquierdas latinoamericanas, pasando por importantes sectores de la opinión pública europea- es la mejor refutación de la supuesta prohibición de lenguas cubanas en el imperio –este último entendido a la manera de Hardt y Negri, no de Hart o Prieto.
La simetría entre esas entidades –Cuba y el imperio- es, por tanto, insostenible desde un punto de vista neomarxista, ya que imperio es un concepto que no puede constreñirse a un gobierno con el cual se sostiene un diferendo diplomático de medio siglo. La funcionalidad de esa construcción es meramente retórica, toda vez que refuerza la idea de que las limitaciones a derechos civiles y políticos en la isla responden a un mecanismo defensivo. Los obstáculos a la circulación de lenguas públicas en Cuba no están determinados por el imperativo de la defensa sino del control. Es otro concepto de soberanía, no el que se asocia a la autodeterminación del Estado, el que está amenazado. No es la soberanía de la nación sino la del poder la que está en juego: su capacidad, como diría Agamben, para hacer del estado de emergencia una norma perpetua.
Es interesante observar en los debates con intelectuales oficiales que estos últimos no aceptan esa definición y tampoco reconocen la identidad opositora de sus adversarios. El oficialismo, como decíamos, presenta a la oposición como oficialista de otro poder –“Washington”, el “imperio”, la “mafia anticubana y terrorista de Miami”- y, al mismo tiempo, se presenta a sí mismo, no como partidario de un gobierno concreto sino como defensor de un proceso histórico, en el que se funden gobierno y pueblo, llamado “Revolución” o “Socialismo”. Estos conceptos y su antinomia –“contrarrevolución”- funcionan en el discurso oficial como abstracciones que permiten desdibujar las identidades gubernamentales y opositoras de los actores.
Es cierto que, en esos debates, los opositores pierden de vista, con frecuencia, que la intelectualidad autodenominada socialista no es homogénea y tiene distintos niveles de relación con los aparatos ideológicos y represivos del Estado. Pero tampoco es menos cierto que las reacciones oficiales contra intelectuales críticos u opositores parten de la definición de estos como sujetos antinacionales y subordinados a una entidad ficticia, toda vez que el exilio es, también, una comunidad sumamente diversa, que carece de gobierno. Las políticas profesionales y partidistas del exilio, que tienen que ver, sobre todo, con viejas agrupaciones anticomunistas y con la nueva clase política cubanoamericana, poseen muy débiles relaciones con los sectores académicos e intelectuales de la diáspora. El contacto de estos últimos con instituciones del gobierno de Estados Unidos o de cualquier gobierno de Europa o América Latina es más tenue, por ejemplo, que el que sostienen las asociaciones del lobby antiembargo en Estados Unidos, casi todas acríticamente partidarias del gobierno cubano.
La existencia de muchos intelectuales y académicos cubanos, fuera de la isla, críticos del embargo y favorables a una normalización de relaciones entre Estados Unidos y Cuba es la mejor muestra de que los exiliados no son una comunidad subordinada a Washington. La lógica binaria del discurso oficial se deshace ante los altos índices de exiliados cubanos que desean un cambio en la política de Estados Unidos hacia Cuba y, a la vez, un cambio del régimen actual y su transición hacia una democracia soberana y equitativa. Con frecuencia, las encuestas elaboradas en Miami no reflejan este último aspecto y tampoco toman en cuenta a exiliados de otras latitudes, como Europa y América Latina. De hacerse un ejercicio de esa naturaleza, tal vez podría constatarse que la mayoría de los cubanos, fuera de la isla, desea un cambio político, aunque permanezca dividida sobre la mejor manera de promoverlo.
Las caricaturas y estereotipos sobre el exilio, construidas por el discurso oficial, responden a la necesidad de un enemigo público para la subsistencia del régimen. Dado que la Revolución se presenta como una entidad eterna o imperecedera, ese enemigo debe poseer las tres dimensiones temporales: pasado, presente y futuro. Es frecuente, por ejemplo, que el discurso oficial cancele la posibilidad de un futuro socialdemócrata, democristiano o liberal para Cuba con la idea de que la isla ya experimentó todas esas ideologías en el pasado.
Es cierto que antes de 1959 circularon, en Cuba, ideas liberales, socialdemócratas y democristianas, pero esas ideologías políticas se han desarrollado mucho más en el último medio siglo que en la primera mitad del XX, cuando la polarización entre fascismo y comunismo limitó el espectro ideológico occidental. La idea de que la adopción del “marxismo-leninismo martiano” es resultado de la experiencia fallida de todas las ideologías modernas, en Cuba, es un montaje del discurso oficial que parte del presupuesto ahistórico de que el desarrollo de esas ideologías no dio más de sí y se agotó entre 1902 y 1959. Reconocer la diversidad ideológica del pasado es preferible a la homogeneización doctrinal que se practicó en las primeras décadas revolucionarias, pero tal reconocimiento seguirá siendo cuestionable mientras no se transfiera, también, al presente y el futuro de la isla.
Cualquier dispositivo simbólico de captura de las soberanías políticas y sociabilidades ideológicas, en el pasado, el presente y el futuro de Cuba, es criticable. En el caso cubano, ese cuestionamiento del discurso hegemónico pasa por una crítica del Estado, que es la entidad limitadora de todas las soberanías y sociabilidades posibles. Desde el neomarxismo, es frecuente el argumento de que la crítica no debe ser a un Estado sino a todos los Estados, a un capitalismo sino a todos los capitalismos. Pero las condiciones históricas de la Cuba actual demandan una proyección concreta de los horizontes teóricos. En la isla, a diferencia de la mayoría de los países latinoamericanos que experimentaron el ajuste neoliberal de los 90, sobra Estado y falta Mercado. La crítica del Estado, en Cuba, es, de hecho, una necesidad del propio cuestionamiento de los mecanismos de capitalización económica propios de un orden totalitario.
La crítica del Estado es, por otra parte, la única posibilidad de abrir los futuros de Cuba a la elección racional de sus ciudadanos. La heterogeneidad cultural de la comunidad cubana, dentro y fuera de la isla, demanda una reconstrucción profunda de las instituciones políticas del país que conduzca al diseño de un sistema más representativo. Pero para que esa reconstrucción se produzca es necesario que los futuros de Cuba comiencen a ser entendidos como modelos simultáneos y no como opciones excluyentes. No existen uno o dos, sino muchos futuros cubanos: tantos como ideologías y políticas producen, día a día, los ciudadanos de la isla y el exilio. Esos futuros demandan el reconocimiento de sus legitimidades como premisa de un nuevo contrato social.
La democracia no debería ser vista como una nueva meta en la historia de Cuba que, al igual que la Revolución hace medio siglo, virará al revés el mundo cubano. La democracia, si quiere ser justa y perdurable, debería intentarse como el punto de partida de ese nuevo contrato social. Un pacto democrático que garantice la libre circulación de todos los discursos y todas las prácticas, en la isla, podría ser la antesala de un proceso de construcción republicana, caracterizado por la inclusión y el pluralismo. El libre tránsito de esas lenguas y esas hablas hará visibles a los sujetos que las articulan y permitirá el reconocimiento de las diversas políticas que constituyen la ciudadanía. A partir de entonces, tal vez pueda desterrarse la dañina costumbre de que unos cubanos excluyan y repriman a otros bajo el infamante cargo de “anticubanía.
TOMADO DE: http://www.otrolunes.com/hemeroteca-ol/numero-11/html/este-lunes/este-lunes-n11-a01-p01-2010.html
La crítica del Estado
Cuando la Constitución cubana establece que las libertades públicas no pueden ser ejercidas contra el Estado está colocando a éste, el Estado, y no a la ciudadanía, como centro de la subjetivación política en Cuba. Cualquier reflexión teórica sobre el socialismo cubano y sus posibilidades de transformarse en una democracia soberana y equitativa tiene, por tanto, que colocar al Estado en el centro de sus interrogaciones críticas. Observado a la luz de esa entidad que, como decía Marx, es la más abstracta de las realidades, el socialismo cubano podría ser definido, no como una modalidad anticapitalista, sino como un tipo específico de capitalismo.
La ecuación capitalismo y Estado es un fenómeno nuevo, que, con diferentes aplicaciones, tiene lugar en China y Cuba, y frente al cual concurren las críticas del liberalismo y el marxismo. Walter Benjamin o Isaiah Berlin describirían el socialismo cubano actual como una variante del capitalismo, en la cual el Estado, sin dejar de controlar la mayor parte de la economía nacional, comienza a funcionar como una empresa, ya que sus ingresos provienen, fundamentalmente, del capitalismo global: las remesas que envía la comunidad emigrada, las inversiones de capital foráneo y dos modalidades de servicio, el turismo y los médicos y maestros “internacionalistas”, que también reportan ganancias provenientes de vecinas economías de mercado.
Un Estado como el cubano sería tan cuestionable desde el neomarxismo de Alain Badiou o Slavoj Zizek como desde el liberalismo de John Rawls o Giovanni Sartori. Un Estado así, cuya ideología oficial se aferra al concepto burgués de nación y cuya política económica y social ofrece tan pocas posibilidades de subjetivación autónoma para la ciudadanía, es la negación mutua de los legados marxista y liberal. De producirse una apertura de la esfera pública, en la isla, donde puedan circular todas las lenguas políticas contemporáneas, no sería extraño que más de un marxista y más de un liberal se pongan de acuerdo en la reforma de ese Estado.
Cuando un poder limita la circulación pública de ciertas lenguas busca obstruir el proceso por el cual las ideologías se socializan y transforman en políticas concretas. Al identificar con “capitalismo”, “neoliberalismo”, “derecha”, “reacción”, “conservadurismo”, “imperio” o “contrarrevolución” –término “confuso” del lenguaje bolchevique, como decía Benjamin- toda alternativa de conducción política o económica, diferente a la del actual gobierno cubano, aun aquellas ubicadas en la izquierda neomarxista, el socialismo democrático o la socialdemocracia, el régimen opera con una lógica rígidamente binaria.
Si las posibilidades se reducen a Washington o la Habana, el imperio o Cuba, capitalismo o socialismo, es más cómodo porque no es necesario definir de un modo sofisticado el socialismo ni admitir el grado de capitalización que acepta el Estado cubano. Quienes sin dejar de asumirse como socialistas, defienden cierto margen de privatización o una extensión de derechos civiles y políticos quedan, entonces, catalogados como “neoliberales”, “neoanexionistas” o “neocoloniales”. Así, el debate se simplifica y se criminaliza la construcción de prácticas políticas autónomas desde la impunidad del discurso hegemónico.
La respuesta más socorrida del gobierno cubano a sus críticos es que estos no son tales, que quien es crítico –del imperialismo, la globalización, el neoliberalismo…- es él y que sus críticos son oficialistas del “imperio”, el “capital” y la “CIA”. Al establecer una equivalencia entre esos contrarios –Cuba y el imperio- se sugiere que, para defenderse, Cuba debe prohibir la circulación de las lenguas imperiales en la isla, de la misma manera que el imperio prohíbe las lenguas cubanas en el mundo. Cuba queda entonces definida como un microcosmos socialista que reproduce, asimétricamente, las funciones simbólicas del campo socialista durante la Guerra Fría.
La brutal disolución de matices que genera esa antinomia impide comprender, por ejemplo, el fenómeno de la intensa rearticulación teórica del neomarxismo en los últimos veinte años o la emergencia de una oposición de izquierda al socialismo cubano, dentro y fuera de la isla. La profusión de discursos afines o partidarios del gobierno cubano en el mundo –desde la academia norteamericana hasta las izquierdas latinoamericanas, pasando por importantes sectores de la opinión pública europea- es la mejor refutación de la supuesta prohibición de lenguas cubanas en el imperio –este último entendido a la manera de Hardt y Negri, no de Hart o Prieto.
La simetría entre esas entidades –Cuba y el imperio- es, por tanto, insostenible desde un punto de vista neomarxista, ya que imperio es un concepto que no puede constreñirse a un gobierno con el cual se sostiene un diferendo diplomático de medio siglo. La funcionalidad de esa construcción es meramente retórica, toda vez que refuerza la idea de que las limitaciones a derechos civiles y políticos en la isla responden a un mecanismo defensivo. Los obstáculos a la circulación de lenguas públicas en Cuba no están determinados por el imperativo de la defensa sino del control. Es otro concepto de soberanía, no el que se asocia a la autodeterminación del Estado, el que está amenazado. No es la soberanía de la nación sino la del poder la que está en juego: su capacidad, como diría Agamben, para hacer del estado de emergencia una norma perpetua.
Es interesante observar en los debates con intelectuales oficiales que estos últimos no aceptan esa definición y tampoco reconocen la identidad opositora de sus adversarios. El oficialismo, como decíamos, presenta a la oposición como oficialista de otro poder –“Washington”, el “imperio”, la “mafia anticubana y terrorista de Miami”- y, al mismo tiempo, se presenta a sí mismo, no como partidario de un gobierno concreto sino como defensor de un proceso histórico, en el que se funden gobierno y pueblo, llamado “Revolución” o “Socialismo”. Estos conceptos y su antinomia –“contrarrevolución”- funcionan en el discurso oficial como abstracciones que permiten desdibujar las identidades gubernamentales y opositoras de los actores.
Es cierto que, en esos debates, los opositores pierden de vista, con frecuencia, que la intelectualidad autodenominada socialista no es homogénea y tiene distintos niveles de relación con los aparatos ideológicos y represivos del Estado. Pero tampoco es menos cierto que las reacciones oficiales contra intelectuales críticos u opositores parten de la definición de estos como sujetos antinacionales y subordinados a una entidad ficticia, toda vez que el exilio es, también, una comunidad sumamente diversa, que carece de gobierno. Las políticas profesionales y partidistas del exilio, que tienen que ver, sobre todo, con viejas agrupaciones anticomunistas y con la nueva clase política cubanoamericana, poseen muy débiles relaciones con los sectores académicos e intelectuales de la diáspora. El contacto de estos últimos con instituciones del gobierno de Estados Unidos o de cualquier gobierno de Europa o América Latina es más tenue, por ejemplo, que el que sostienen las asociaciones del lobby antiembargo en Estados Unidos, casi todas acríticamente partidarias del gobierno cubano.
La existencia de muchos intelectuales y académicos cubanos, fuera de la isla, críticos del embargo y favorables a una normalización de relaciones entre Estados Unidos y Cuba es la mejor muestra de que los exiliados no son una comunidad subordinada a Washington. La lógica binaria del discurso oficial se deshace ante los altos índices de exiliados cubanos que desean un cambio en la política de Estados Unidos hacia Cuba y, a la vez, un cambio del régimen actual y su transición hacia una democracia soberana y equitativa. Con frecuencia, las encuestas elaboradas en Miami no reflejan este último aspecto y tampoco toman en cuenta a exiliados de otras latitudes, como Europa y América Latina. De hacerse un ejercicio de esa naturaleza, tal vez podría constatarse que la mayoría de los cubanos, fuera de la isla, desea un cambio político, aunque permanezca dividida sobre la mejor manera de promoverlo.
Las caricaturas y estereotipos sobre el exilio, construidas por el discurso oficial, responden a la necesidad de un enemigo público para la subsistencia del régimen. Dado que la Revolución se presenta como una entidad eterna o imperecedera, ese enemigo debe poseer las tres dimensiones temporales: pasado, presente y futuro. Es frecuente, por ejemplo, que el discurso oficial cancele la posibilidad de un futuro socialdemócrata, democristiano o liberal para Cuba con la idea de que la isla ya experimentó todas esas ideologías en el pasado.
Es cierto que antes de 1959 circularon, en Cuba, ideas liberales, socialdemócratas y democristianas, pero esas ideologías políticas se han desarrollado mucho más en el último medio siglo que en la primera mitad del XX, cuando la polarización entre fascismo y comunismo limitó el espectro ideológico occidental. La idea de que la adopción del “marxismo-leninismo martiano” es resultado de la experiencia fallida de todas las ideologías modernas, en Cuba, es un montaje del discurso oficial que parte del presupuesto ahistórico de que el desarrollo de esas ideologías no dio más de sí y se agotó entre 1902 y 1959. Reconocer la diversidad ideológica del pasado es preferible a la homogeneización doctrinal que se practicó en las primeras décadas revolucionarias, pero tal reconocimiento seguirá siendo cuestionable mientras no se transfiera, también, al presente y el futuro de la isla.
Cualquier dispositivo simbólico de captura de las soberanías políticas y sociabilidades ideológicas, en el pasado, el presente y el futuro de Cuba, es criticable. En el caso cubano, ese cuestionamiento del discurso hegemónico pasa por una crítica del Estado, que es la entidad limitadora de todas las soberanías y sociabilidades posibles. Desde el neomarxismo, es frecuente el argumento de que la crítica no debe ser a un Estado sino a todos los Estados, a un capitalismo sino a todos los capitalismos. Pero las condiciones históricas de la Cuba actual demandan una proyección concreta de los horizontes teóricos. En la isla, a diferencia de la mayoría de los países latinoamericanos que experimentaron el ajuste neoliberal de los 90, sobra Estado y falta Mercado. La crítica del Estado, en Cuba, es, de hecho, una necesidad del propio cuestionamiento de los mecanismos de capitalización económica propios de un orden totalitario.
La crítica del Estado es, por otra parte, la única posibilidad de abrir los futuros de Cuba a la elección racional de sus ciudadanos. La heterogeneidad cultural de la comunidad cubana, dentro y fuera de la isla, demanda una reconstrucción profunda de las instituciones políticas del país que conduzca al diseño de un sistema más representativo. Pero para que esa reconstrucción se produzca es necesario que los futuros de Cuba comiencen a ser entendidos como modelos simultáneos y no como opciones excluyentes. No existen uno o dos, sino muchos futuros cubanos: tantos como ideologías y políticas producen, día a día, los ciudadanos de la isla y el exilio. Esos futuros demandan el reconocimiento de sus legitimidades como premisa de un nuevo contrato social.
La democracia no debería ser vista como una nueva meta en la historia de Cuba que, al igual que la Revolución hace medio siglo, virará al revés el mundo cubano. La democracia, si quiere ser justa y perdurable, debería intentarse como el punto de partida de ese nuevo contrato social. Un pacto democrático que garantice la libre circulación de todos los discursos y todas las prácticas, en la isla, podría ser la antesala de un proceso de construcción republicana, caracterizado por la inclusión y el pluralismo. El libre tránsito de esas lenguas y esas hablas hará visibles a los sujetos que las articulan y permitirá el reconocimiento de las diversas políticas que constituyen la ciudadanía. A partir de entonces, tal vez pueda desterrarse la dañina costumbre de que unos cubanos excluyan y repriman a otros bajo el infamante cargo de “anticubanía.
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miércoles, 8 de junio de 2011
LAS LENGUAS PROHIBIDAS. PRIMERA PARTE
Hoy les brindo un excelente texto del escritor cubano radicado en México Rafael Rojas. Debido a la extensión del mismo, lo publicaré en dos partes. Agradezco a Otro Lunes y a su director,mi querido amigo Amir Valle, la posibilidad de leer escritos de esta calidad.
Las lenguas prohibidas.
Por: Rafael Rojas
La anécdota ha sido contada por Pablo de la Torriente Brau y Raúl Roa: es diciembre de 1925, en la Habana, y el líder comunista Julio Antonio Mella, encarcelado, hace una huelga de hambre. Otro joven comunista, el poeta Rubén Martínez Villena, que por entonces trabaja en el bufete de Fernando Ortiz, pide audiencia al Secretario de Justicia Jesús María Barraqué. Mientras Martínez Villena exige al funcionario la liberación de Mella, el dictador Gerardo Machado entra a la oficina. Cuando el gobernante afirma que Mella está preso “por comunista”, Martínez Villena replica que ser comunista no es insulto y pregunta a Machado qué entiende por comunismo. Entonces el dictador responde: “yo no sé qué es un comunista, un anarquista o un socialista, sólo sé que todos esos son malos patriotas, malos cubanos”.
El momento en que un régimen califica como sujeto antinacional a un opositor pacífico es distintivo de todo autoritarismo. En Cuba, durante las dictaduras de Gerardo Machado (1929-1933) y Fulgencio Batista (1952-1958), se reprimió a opositores bajo el cargo de “anticubanía”. En el último medio siglo, ese acto reflejo de todo régimen autoritario se ha naturalizado con una diferencia sustancial. Bajo un orden totalitario, como el surgido de la Revolución de 1959, los gobernantes no desconocen la ideología de los opositores. Machado y Batista podían ignorar qué era el comunismo porque sus gobiernos no respondían a una ideología de Estado. En cambio, Fidel y Raúl Castro, por ser los jefes de un Estado que de jure y facto afirma seguir la ideología “marxista-leninista” y “martiana”, parten de un saber sobre todas las ideologías, que les permite elegir una.
La diferencia entre los doctrinarios de un autoritarismo y los ideólogos de un totalitarismo reside en que a los primeros puede atribuirse, en el sentido que le ha dado Slavoj Zizek, el porque no saben lo que hacen. Los líderes de un totalitarismo, en cambio, sí saben lo que hacen porque poseen o aparentan poseer un conocimiento sobre los lenguajes políticos que circulan en el mundo. El epíteto de “asno con garras” que Martínez Villena confirió a Machado tenía que ver más con la ignorancia del burro que con las garras de la fiera, ya que estas últimas eran atributo de todas las dictaduras. Lo que distinguía a Machado entre otros dictadores, según Martínez Villena, era su desconocimiento de las ideas políticas del siglo XX.
El momento en que el gobierno revolucionario cubano decide adoptar una ideología concreta, entre las muchas que circulaban en Occidente hacia 1960, describe la fundación del orden totalitario. Es conocida la idea de Jean Paul Sartre, a principios de ese año, de que la Revolución Cubana era como un huracán sin ideología, que se reinventaba con cada golpe de viento. La historia del último medio siglo contrarió aquella impresión de Sartre, que todavía hoy reclaman muchos defensores no ortodoxos del gobierno de Fidel y Raúl Castro. La posesión de una ideología por el Estado cubano no sólo es constatable en su política educativa, cultural y mediática sino en su permanente definición y rechazo de ideas “enemigas”.
Lenguas y hablas
La construcción del Estado nacional en Cuba, en la segunda mitad del siglo XX, siguió modalidades únicas dentro del hemisferio occidental, que se reflejan en el proceso lingüístico de la política. Por ser Cuba un país “socialista”, regido por una ideología de Estado –el “marxismo-leninismo” entre 1961 y 1992 y el “marxismo-martiano”, desde entonces y hasta la fecha- que subordina a la esfera pública, los medios de comunicación, la educación y la cultura, no todos los lenguajes políticos que circulan en Occidente tienen allí las mismas condiciones para su reproducción.
Los lenguajes políticos contemporáneos están relacionados con tradiciones liberales, republicanas, cristianas, conservadoras, socialdemócratas o comunistas, de fácil identificación en los espectros ideológicos de cualquier nación occidental. Cuba, un país que durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX conoció esas mismas tradiciones, a partir de 1959 comenzó a sufrir una fuerte limitación de los discursos públicos. Desde ese año, la tradición liberal, prácticamente, se interrumpió en la isla y la católica debió sobrevivir bajo el control y, a veces, la persecución o el cuestionamiento del Estado.
Entre 1961 y 1992, el espectro ideológico de la isla se redujo a dos variantes del marxismo, una de estirpe soviética y otra articulada en torno a fuentes clásicas y a algunas referencias de la izquierda europea –el debate sobre los manuales entre Lionel Soto y Aurelio Alonso o una revisión de los proyectos editoriales de las revistas Pensamiento Crítico y Cuba socialista, serían suficientes para identificar ambas- y a un nacionalismo revolucionario, que se avenía mejor con el marxismo occidental que con el soviético, y que se centraba en los aspectos justicieros y soberanistas de algunas figuras de la izquierda no comunista de la isla (Martí, Guiteras, Roa, Chibás…), despojándolas, previamente, de los elementos liberales, republicanos y democráticos que poseían.
A partir de 1992, con la descomposición del campo socialista, se produjo un debilitamiento involuntario de la ideología de Estado en Cuba. Uno de los efectos más curiosos, y menos estudiados, de ese proceso fue la desconexión entre las ideologías y las políticas o entre los discursos y las prácticas públicas. Por este proceso, que ha sido más favorable para los primeros que para los segundos, las políticas han sido sometidas a mayores controles policíacos, mientras que las ideologías se han liberado relativamente de las demandas de legitimación del Estado. En la Cuba de hoy, cierta diversidad ideológica es tolerable, pero toda pluralidad política sigue siendo punible.
En las dos últimas décadas postsoviéticas, por ejemplo, ha crecido notablemente la circulación de discursos cristianos y católicos, que se suma al relanzamiento experimentado por las plataformas doctrinales del nacionalismo revolucionario y algunas versiones tímidas del neomarxismo. También han ganado zonas importantes de la esfera pública, sobre todo en el medio intelectual, discursos representativos de subjetividades subalternas, como las raciales, sexuales, genéricas y religiosas. Pero el multiculturalismo es más admitido, en Cuba, como discurso que como práctica pública de las diferencias.
Junto a esta progresión de lenguajes diversos es notable el reforzamiento de los controles sobre la circulación de ideas que asuman explícitamente su inscripción en el legado liberal, republicano y democrático de Occidente. Es más fácil que en Cuba, hoy, se autorice la edición de una antología de Jorge Mañach o Gastón Baquero a que se permita la publicación de un artículo, en cualquier revista, que defienda, abiertamente, la pertenencia de un anticomunista, como cualquiera de ellos dos, a la cultura nacional. El poder entiende lo primero como circulación pública de ideologías, pero lo segundo como una intervención política concreta.
La mayor circulación de los discursos públicos, a que hemos hecho referencia, tiene un carácter selectivo que debe someterse a crítica. Hoy en Cuba, por ejemplo, tienen mayor visibilidad los lenguajes católicos, conservadores, homofóbicos, racistas antiaborto y profamilia tradicional de una parte del clero que los lenguajes laicos, secularizadores, agnósticos y modernizadores de la tradición liberal y republicana. Esta paradoja tiene dos orígenes: uno intelectual, relacionado con las conexiones entre catolicismo y nacionalismo en la historia de Cuba, y otro político: el racional entendimiento que pueden alcanzar dos instituciones “compactas” –como le gusta decir a Raúl Castro- como son la Iglesia y el Partido.
Los márgenes de tolerancia de las lenguas públicas están relacionados con la forma de circulación que adoptan las mismas. Si la lengua del mercado circula como práctica cultural –por ejemplo, andar en autos de último modelo, vestir a la moda, comer en los mejores restaurantes, hospedarse en hoteles, viajar a Varadero, ver canales de la televisión norteamericana- no genera mayores reacciones desde el poder. Pero si la lengua del mercado se convierte en discurso por medio de un artículo en una revista especializada de ciencias sociales, una declaración de algún político o intelectual a medios extranjeros o, incluso, una discusión verbal con algún dirigente del Partido Comunista, entonces la prohibición se manifiesta con toda su fuerza.
El multiculturalismo y el liberalismo que, como ha probado Wil Kymlicka, no son necesariamente modelos contrapuestos, tienen dificultades muy distintas para su difusión en Cuba. En Cuba el multiculturalismo está bien como discurso –el concepto de diversidad, por ejemplo, se reproduce en la mayoría de las publicaciones intelectuales de la isla- pero no como práctica. Esto último es notable, por ejemplo, en el tema de los derechos civiles y políticos de la comunidad gay. Como ha señalado recientemente la profesora de la Universidad de Columbia, Frances Negrón, el CENESEX, dirigido por Mariela Castro, tiene un discurso inclusivo de la homosexualidad, pero rechaza que los homosexuales tengan sus propias políticas, independientes del Estado.
A diferencia del multiculturalismo, el liberalismo está bien como práctica, sobre todo por parte de aquellos actores sociales con acceso a moneda convertible, pero no como discurso. Las trabas para la circulación del lenguaje liberal están relacionadas con la falsa identidad entre liberalismo y capitalismo que establecieron las izquierdas comunistas del siglo XX. Es cierto que una importante tradición, sobre todo de la economía política británica (Smith, Ricardo, Bentham, Mill), que conoció, admiró y criticó Marx, colocó el mercado en el centro de las relaciones sociales modernas. Pero la gran tradición del liberalismo político, que va de John Locke a John Stuart Mill, o de Montesquieu a Constant, produjo una visión diferente y, por momentos, crítica del mercado, que Marx tampoco desconoció.
Lo importante para esa tradición era el gobierno representativo, la división de poderes, la ruptura con los principios absolutistas y dinásticos de las monarquías del antiguo régimen, el orden constitucional, la libertad de culto y la libertad de imprenta. Muchos liberales de la primera mitad del siglo XIX, como han estudiado J. G. A. Pocock y Quentin Skinner eran, de hecho, críticos del capitalismo desde una ideología republicana y cívica que contraponía la virtud al comercio. El rechazo, por tanto, del socialismo cubano a la ideología liberal carga con el prejuicio estalinista, ausente ya de la mayoría de las izquierdas del mundo, de negar, junto con el capitalismo, los elementos constitutivos de cualquier democracia liberal.
Ese rechazo al liberalismo no sólo se aplica, como sabemos, al presente sino también al pasado, por medio de la desnacionalización de sujetos intelectuales y actores políticos. En un número de La Jiribilla, la principal publicación electrónica del Ministerio de Cultura, por ejemplo, el entonces presidente del Instituto Cubano del Libro, Iroel Sánchez, escribió, a propósito de la biografía de Antonio Guiteras escrita por Paco Ignacio Taibo II, que la “única historia que valía la pena hacer era la de los revolucionarios, ya que la de los reaccionarios la hacían los historiadores reaccionarios”. De más está decir que en esos términos, el liberalismo, como la socialdemocracia, la democracia cristiana o cualquier modalidad del socialismo democrático, quedan comprendidos dentro de las ideologías reaccionarias, a pesar de que la mayoría de los revolucionarios cubanos, desde José Martí hasta Fidel Castro, pasando por el propio Antonio Guiteras o Raúl Roa, tuvo elementos liberales en su pensamiento.
TOMADO DE: http://www.otrolunes.com/hemeroteca-ol/numero-11/html/este-lunes/este-lunes-n11-a01-p01-2010.html
martes, 31 de mayo de 2011
JAQUE A LA LITERATURA
AMPHITRYON, DE IGNACIO PADILLA
POR LEONARDO TARIFEÑO
Ignacio Padilla, Amphitryon, Espasa Calpe, Madrid, 2000, 217 pp.
Una de las grandes imposturas de la industria del libro consiste en hacer creer que todos los premios literarios tienen algo que ver con el arte. El engaño sirve para vender varios miles de ejemplares, crear lectores, renovar las orientaciones del mercado y hacer un buen negocio con las traducciones; todo esto suena más o menos lícito, y si esa estrategia de legitimación comercial se vuelve definitivamente escandalosa es porque una y otra vez acaba por disfrazarse de mandamiento estético. Este perverso mecanismo editorial no aplica siempre y hay muchísimos galardones valiosos y muy honorables (la lista abarca todas las lenguas y va del Whiting Foundation Award y el Herralde al Akutagawa o el Booker), pero es evidente que darle licencia de talento a alguien que gana uno o varios premios es tan ridículo e ingenuo como pensar que el brillo de un cineasta se mide por sus candidaturas al Oscar de Hollywood.
Amphitryon, la novela con la que Ignacio Padilla acaba de ganar el premio Primavera, no es ajena a esta mascarada: de hecho, su pulso vibra en el embuste que tematiza y llega a protagonizar. Su falta de identidad y ausencia de estilo son tan abrumadoras que hasta los jurados españoles llegaron a creer que "se trataba de una nueva obra de su compatriota el escritor Jorge Volpi" (El País, 10 de marzo). Por otro lado, si al texto no se lo ve como un bestseller liso y llano y se le conceden propiedades literarias —atributos que en un sentido estricto se le niegan fácilmente a otros parientes suyos mucho más logrados, como Los niños del Brasil de Ira Levin— no es tanto por sus rasgos intrínsecos como por circunstancias exteriores al libro, esto es, el marco de lectura que impone el Primavera, las declaraciones públicas en donde el autor dialoga críticamente con la herencia del boom latinoamericano o la autoridad de las medallas acumuladas por el propio Padilla, entre las que se cuentan el Alfonso Reyes, el Juan Rulfo a la Primera Novela y el Juan de la Cabada. En ese contexto favorable a la impostura, Amphitryon combina una anécdota de thriller con la pretensión literaturizante de una prosa plana y hueca, tan prolija como fría y escasa de recursos. Del otro lado de esa lengua neutra, una cadena de cambios de identidades susurra la posibilidad de que Adolf Eichmann, el hombre en el que Hitler confió la aniquilación de los judíos, jamás haya sido detenido y condenado. Las suplantaciones se producen a través de unas partidas de ajedrez en las que nadie gana y todos pierden, especialmente los que ganan. De camino al frente de la Primera Guerra Mundial, Thadeus Dreyer acepta el desafío del tablero y así consigue adoptar la suerte y el nombre de Viktor Kretzschmar, guardagujas; en unos años se vuelve loco y organiza un choque ferroviario dirigido a asesinar a ese Dreyer, el falso, devenido héroe militar y nazi en ascenso. Kretzschmar, sin embargo, ignora que aquel Dreyer ("ese tipo de hombres que están condenados a parecerse sólo a ellos mismos hasta la muerte") es un nuevo Dreyer, otro farsante y campeón de ajedrez cuya muerte intentará develar el secreto del verdadero Eichmann. El final da por sentado que la hipótesis del libro es más que una hipótesis a través de un colofón firmado por Padilla, o el personaje "Padilla", en un último truco donde la ficción busca materializarse como la
impostora definitiva, aliada y cómplice de una realidad siempre inaccesible.
Novela efectista y olvidable, cuyo mayor mérito es el monocorde oficio del autor, Amphitryon naufraga especialmente a partir de los agujeros de su trama (Kretzschmar espera que Dreyer desaparezca en el campo de batalla, algo que no debería ocurrir porque ya habían pactado que se matara a bordo de un tren; luego abre cartas de su familia, dirigidas a un nombre que ha perdido, sin que se explique cómo le llegan y por qué puede abrirlas...) y la desesperante inverosimilitud de una prosa capaz de hacer que todos los personajes se expresen con idéntico manierismo, a pesar de corresponder a paisajes, orígenes y tiempos muy diferentes. Para colmo, lo cierto es que el texto luce desapasionado porque aquí no hay un escritor dispuesto a apostarle a alguna convicción (temática, ideológica, estilística, filosófica); de ahí que Amphitryon se encomiende a la exactitud de una intriga policial que no sólo fracasa en cada uno de sus cabos sueltos, sino que se abandona a una conclusión seductora —Amphitryon es y no es una ficción, Eichmann no era Eichmann— pero peregrina y torpe si se la juzga a partir del raído hilo deductivo que construye la novela.
De inquietantes similitudes con La variante Lüneburg del italiano Paolo Maurensig, Amphitryon es más una ficción acerca del ajedrez que sobre los nazis, y ninguno de estos temas le obsesionan tanto como la impostura que ciertamente encarna —aunque no en la alegre dirección prevista por el personaje "Padilla". Seducida por el vértigo que ansía, apenas si vale como trama y se asfixia en su propio vacío especulativo, sin apelar a la reflexión dura y arriesgada que muerde las nerviosas páginas de la novela de Maurensig. En el mejor de los casos, este libro aspira a colocarse dentro de una todavía incipiente tradición latinoamericana de "bestsellers de calidad", que por ahora va de En busca de Klingsor de Jorge Volpi a El anatomista del argentino Federico Andahazi. Ese es, de hecho, el horizonte que el premio Primavera tiene reservado para el texto, un magistral jaque mate a la literatura que se maquilla con la falsa (¿y autorreferente?) trascendencia de "un orden mítico y moralmente correcto que, no obstante, lleva en sus orígenes la simiente de su propia ruina, la señal inaplazable del caos al que estamos condenados".
TOMADO DE: http://www.letraslibres.com/index.php?art=6378
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