QUE EL ÁNGEL DE LA JIRIBILLA LOS ACOMPAÑE.

lunes, 8 de octubre de 2007


JINETERAS

Por José Ramón Gómez Cabezas

En el año 98 viajé por primera vez a Cuba. En el vuelo de regreso a España me invadían sensaciones ambiguas sobre el viaje que acababa de realizar: por una parte, Cuba me había parecido un país espectacular en sus paisajes y con una historia curiosa y envidiable en muchos aspectos, pero a la vez estaba decepcionado o quizás angustiado por algunos detalles que dejábamos atrás, entre ellos, ver como una muchachita de no más de doce años, en una de las playas cercanas a la capital, consentía los tonteos de un grupo de asiáticos, algo ya veteranos, con intenciones muy definidas.
Quizá fuera el sabor agridulce de esta decepción lo que me impulsó a acercarme, con cierto desespero, a la literatura policial cubana, de la que había oído maravillas, pero aún no había tenido el placer de leerla.
Fue así como, tras una búsqueda intensa, me hice con algunos libros de autores cubanos: Leonardo Padura, Lorenzo Lunar, Amir Valle, Daniel Chavarría, Reynaldo Cañizares. Todos ellos mostraban, con poderosa narrativa, un mundo de picaresca donde la supervivencia a cualquier precio pasa de ser un instinto a convertirse en el leitmotiv de todo un país
De toda esa pléyade de autores isleños, me atrajo desde un primer momento un tal Amir Valle, refinado autor que traslucía un auténtico amor por su patria, pero al que no le dolían prendas remover algunos cimientos de la hipocresía del poder en Las Puertas de la noche, Si Cristo te desnuda o Entre el miedo y las sombras. Ni que decir tengo que devoré estas novelas donde se dibujaba una realidad mucho más parecida a la que yo intuía que a la probablemente oficial o turística. Drogas, abusos sexuales, proxenetismo; todos sus libros esbozaban un submundo lleno de cotidianeidad corrupta, incluso putrefacta, que duele en los ojos al leer y un nudo cabrón te acompaña en el pecho durante su digestión.
Ahora, cuando ya han pasado algunos años y he podido charlar con el autor en innumerables ocasiones, cuando ha publicado Santuario de sombras, para mí la mejor de la serie de novelas protagonizadas por Alain Bec y el viejo Alex Varga, llega a nuestras manos formalmente editada Jineteras, un envidiable ensayo periodístico que ha implicado del autor prácticamente nueve años, nueve dolorosos años para que esta tesina sobre el mundo de la prostitución en el Caribe vea la luz, emprenda una peculiar carrera de obstáculos y reciba los elogios y premios que merece.
Algunos pudimos conseguirla a través de Internet hace tiempo, pero aquello no era serio; era, digamos, un esbozo, un boceto que curiosamente no acabó con el libro, si no que más bien le confirió una inesperada publicidad: ¡para que luego digan de la red de redes!
El jineterismo es prostitución, llamada con otro nombre más cubanizado, afirma el autor; es una de sus variantes, y la prostitución en el Caribe ha existido desde que en La Pinta viajaran seis prostitutas para aliviar las tensiones de la tripulación. A partir de aquí, Amir Valle reconstruye este fenómeno históricamente hasta nuestros días, con inigualable pericia.
Para llevar a cabo su trabajo de investigación, el autor se ha entrevistado con 125 jineteras, 32 proxenetas, 15 dueños de casas de alquiler, 3 dueños de burdeles, 14 dueños de casas para shows de travestismo, 9 travestís, 6 taxistas particulares y 27 médicos, abogados, psicólogos, policías, empleados de hotel, etc..., impresionante elenco del peculiar universo que se esconde tras este reclamo que, año tras año, atrae a miles de turistas de medio mundo.
Las verdaderas protagonistas nos irán desvelando, en primera persona, cómo se iniciaron, sus motivos, los beneficios que sacan, las reglas no escritas, incluso detalles mucho más escabrosos. Por su parte los chulos nos hablarán del reparto de las zonas, los castigos que se han de inflingir si alguna osa trabajar por su cuenta, los sobornos a policías y custodios de hoteles y negocios. En definitiva, no falta ni un solo ángulo de visión para este complejo prisma.
La oficialidad probablemente tenga sus manidas explicaciones al respecto. Incluso, autores ideológicamente más cercanos a esa oficialidad, como Daniel Chavarría en su premiada novela “Adiós Muchachos”, utilizan el fenómeno para componer un magnífico personaje. En cualquier caso, y en el libro queda reflejado, más de un cubano gira la cabeza decepcionado cuando se les habla del fracaso de la Revolución en este aspecto.
Para los que hemos leído la obra de Amir Valle, Jineteras se convierte en un referente indiscutible para conocer, de primera mano, las desdichas de los verdaderos protagonistas de sus libros anteriores. Para los que nunca hayan leído a este autor, Jineteras les abre las puertas de un mundo semioculto, pero real, donde las perversiones y el salvajismo comparten almohada con el desencanto y el poder y, en definitiva, tan solo reflejan el quehacer diario de la dolorosa perspectiva de un país.


domingo, 7 de octubre de 2007

La rueda, un cuento de Sandra

A Sandra, la Negra, la conocí en la Trivia, ese espacio virtual donde nos reunimos todas las noches a jugar, hablar y discutir de Literatura... y otras cosas. Y aunque ella nació en 1972 y vive lejos de mí, en Argentina; a pesar que nunca nos hemos visto personalmente, a veces tengo la impresión que la conozco de toda una vida. Sandra Nélida Pécora - que es su nombre completo- escribe poemas y pequeñas prosas poéticas. Hoy tengo el gusto de presentarles una, toda poesía,todo corazón.

LA RUEDA.
A Alexis García Zamora
En esta historia representarás siempre el mismo papel: siempre estarás huyendo, siempre traficarás cosas inútiles, siempre la verás y sabrás que es Ella. Siempre la encontrarás en una encrucijada, le darás la mano, la rescatarás del olvido, se amarán y seguirán su camino. También Ella tendrá una sucesión de repeticiones. Fracasará una y otra vez. Se sentirá triste, trágica e imposible.

Así, la Rueda seguirá girando.

Hoy la cita es en Buenos Aires. Plaza Dorrego. Muriendo el invierno. Entrarás a un Pub. Estarás solo - o eso creerás-.Pensarás que estás de paso. Sos un viajero que trafica cosas inútiles. Hoy son teoremas, jugás con los números como la Rueda contigo.

Ella estará leyendo ávidamente. Ya sabés... nunca pierde el tiempo. Parece devorar las cosas, como si el mundo terminara hoy. Aquella vez era cantante y llevaba un escotado y sensual vestido rojo. Te fascinó. Hoy es escritora. Mejor dicho, lo será. Todavía necesita la estrella de tu presencia en su vida.

Te sentarás en una mesa junto a la de Ella. Algo te atraerá...su perfume. Intenso. Con notas a madera de oriente y sándalo.

Se sentirá observada. Levantará la vista y como recitando un ancestral mantra dirá: -Lo demás es nada. La frase de Pessoa. Aquel poema que le leíste. La clave de la cita.

La Rueda sigue su curso.

No tendrás dudas. Otra vez te está esperando. Nunca te ha dejado ni te dejará. Entonces, la recordarás cantando en Montmartre, cuando no tenía estos largos cabellos que acariciarás. Sus labios no son tan finos como los que besaste en la calle de la Bonn. Tampoco sus ojos son iguales, eran celestes, grandes, brillantes. Hoy son marrones, algo tristes. La mirada es la misma. Lejana. Profunda.

Es Ella. ¡Es Ella! No te dejó. Ha regresado. Ayer fue canto de sirena. Te atrajo su música, su voz. Hoy es...¡Qué importa! Siempre es Ella. Siempre sos Vos.

Mientras te cuenta su fracaso, te irá reconociendo. Y aquel lejano amor volverá a aparecer. Intentarás representar el papel que más te gusta. Querrás seducirla. Usarás tu máscara de niño travieso. Esa vieja costumbre que te lleva de una mujer a otra. De un adiós al siguiente. De un abandono a otro.
-No hace falta - te dice -. Tenemos un pacto. Somos fugaces. Pasajeros de un sueño. Jamás te dejaré.

Ella es tu eterno fantasma. Y Vos el de ella. Aparecen y desaparecen para que la Rueda siga girando.

Estirarás tu mano. La recorrerás. Perderás tus dedos en sus cabellos. Ella te dibujará, rozándote apenas Grabarán en sus almas este recuerdo. Este poema que escriben de a poco. Una estrofa por vida. Sus ojos. Si. Sus ojos serán la clave de la próximacita.

Esta vez el lugar creerás elegirlo vos. En realidad, lo elige la Rueda. Se verán en El Cairo. Será un momento difícil. Un mundo peligroso los rodeará. Pero no les preocupará. Tienen que continuar.

Allí los volveré a soñar. O nos soñará la Rueda, para seguir girando. Otra vez estarás huyendo, traficando cosas inútiles y necesitando rescatarla y Ella deseando volver aamarte. Hasta un día. Cansados de tanto viaje. Se mirarán de frente. Decidirán escoger cuál será su derrota. Terminarán de escribir el poema. Comprarán el mejor vino. Brindarán a la salud de nadie. Y se irán a dormir.

Esta vez sin soñar ni ser soñados.

Por fin, para ustedes, la Rueda no seguirá girando

jueves, 4 de octubre de 2007

Premio Nacional del Libro en Caracas

Novela negra, roja y rosa se llevó Premio Nacional del Libro

ABN 03/10/2007Caracas, 03 Oct. ABN.- La obra del escritor y periodista Eloi Yagüe, Cuando amas deber partir, calificada por el autor como una novela negra, roja y rosa fue premiada este miércoles con el IV Premio Nacional del Libro 2006. Esta obra titulada con un verso del poeta francés Blaise Cendrars, cuenta la historia del periodista Fernando Castelmar, y forma parte de una trilogía integrada por Las alfombras desgastadas del Gran Hotel Venezuela y por otro título en el cual trabaja el autor y que será denominado La princesa flotante. El protagonista, Castelmar, es la figura del antihéroe característica en el género de la novela neopolicial latinoamericana que posee algunas chispas de humor y otros elementos que carece la novela negra clásica. Autor de cuentos de terror, policiales, fantásticos y minicuentos, Yagüe explica que lo rojo de la novela consiste en su contexto político y social en el que se desarrolla el movimiento popular del 27 de febrero de 1989, conocido como El Caracazo, el cual es el detonante que acelera la crisis de Castelmar y lo hace retomar sus ideales de izquierda. La parte rosa de esta novela también ganadora del Premio Salvador Garmendia está basada en un romance del protagonista con una joven llamada Aída, un personaje que fue muy difícil de construir y uno de los mayores retos de la obra a juicio de Yagüe. Cuando amas debes partir tiene una estructura policial de novela negra y presenta una investigación en torno a la búsqueda de la verdad que le garantiza al lector que va a haber resultados.

TOMADO DE: http://balacera.blogia.com/

lunes, 1 de octubre de 2007

El Dios de las pequeñas cosas


Las pequeñas cosas no se llaman Mujer.
Por YAMILET GARCÍA ZAMORA
El Dios de Las Pequeñas Cosas es una novela de la escritora india Arundhati Roy, (1961). Es su primera obra y, hasta ahora, la única novela que ha escrito. Ganó el Premio Booker en 1997 y fue traducida, rápidamente, a varios idiomas. Aparentemente, el texto cuenta las vivencias de dos hermanos gemelos en el estado indio de Kerala, durante el año 1969- aunque el tiempo de la novela se desarrolla entre ese año y 1993, cuando ambos se reencuentran. Pero, en realidad, la trama es mucho más ambiciosa, al presentar la discriminación a que son sometidas las mujeres en la sociedad india, el sistema de castas y su injusticia, la posibilidad del amor entre clases sociales diferentes, la presencia del Comunismo y cómo se puede atentar contra la salud mental de los niños, al punto de traumatizarlos para siempre.

La novela comienza con la llegada de Rahel- la gemela- a su casa, muchos años después de su partida. No se mantiene una narración lineal en la obra sino que se realizan saltos espacio-temporales al pasado y al presente. En estas analepsis el lector tiene que ir tejiendo el relato, para no perder los datos esenciales que se presentan. Porque desde el inicio se habla de la muerte de Sophie Mol- la primita medio india y británica- pero sólo con la lectura se puede reconstruir todo lo que sucedió.

La mayor parte de la historia sucede en una aldea llamada Ayemenem, en Kottayam, Kerala, por lo que el espacio es muy concreto y representa no sólo un lugar en específico sino un contexto muy nacional, con las características de la sociedad que la autora quiere resaltar y denunciar. Los problemas familiares y sociales de esta familia en dicho pueblo no son fortuitos ni casuales, sino que representan uno de los grandes dilemas del país: la discriminación a la mujer. Por lo tanto, en un espacio real y concreto- autobiográfico, además, como se verá más adelante- la autora coloca, a nivel familiar, un conflicto nacional que, aún hoy en día, no se resuelve.
Ayemenem no es un lugar ficticio. Es una aldea real en donde vivimos todos en los años 60. La casa todavía está allí y mi familia materna todavía vive allí. No puedo llamarla, completamente, novela autobiográfica .Porque los caracteres en la novela se asemejan a nuestros miembros de la familia, hay una tendencia a verla como autobiográfico… Arundhati era una niña muy sensible. La relación entre Ammu y Velutha debe haber sido la historia de la vida real de algún otro. La novela es un producto de los años de la niñez de Arundhati en Ayemenem.
Hay pocas mujeres que pueden trabajar y apoyar a sus familias en la India. Las mujeres indias necesitan una independencia más económica. Una certeza absoluta en la India es que las mujeres nacen para conseguir matrimonio…Éste es el problema más grande a que las mujeres hacen frente en la India de hoy. Lo que necesitamos es independencia mental y financiera para las mujeres de modo que puedan existir como ciudadanos indios con los mismos derechos que los hombres. [1]
Esta entrevista fue realizada a la madre de la escritora. En boca de una mujer de nuestros días, las palabras toman una connotación especial porque no se está refiriendo a hechos acaecidos en un pasado lejano sino a la realidad actual. La ficción, autobiografía y realidad se conjugan en la existencia de Ammu, la mujer que se casa con un hombre alcohólico. Cansada de la vida que lleva, decide abandonarlo y marchar a la casa materna- ¿ paterna?- con sus hijos, los gemelos Estha y Rahel. Volver, divorciada, al amparo de su familia, donde las mujeres no tienen ni propiedad ni respeto, ya es un acto de insolencia. Tuvo una oportunidad en la vida y cometió el error de casarse con el hombre equivocado. Por eso el resto de los parientes los ven, a ella y a sus hijos, con desprecio; también consideran a Ammu como un peligro por su clara furia interior ante la situación sofocante en que está atrapada. Ammu disputa su suerte como mujer pero en esa sociedad los cánones son diferentes. Su verdadero papel era aguantarlo todo, como su madre, que es golpeada sin misericordia y jamás se queja. Los elementos de discriminación sexista en la obra abundan y representan no sólo una actitud machista y misógina: en ocasiones, las propias mujeres aceptan su destino como una cruz, algo establecido e inviolable. Es por eso que la rebelión de Ammu es tan escandalosa a los ojos de todos.
Bebé Kochamma es un personaje realmente negativo, vengativa y envidiosa, una mujer desgraciada por no tener marido y que se opone a Ammu, por principios, enseñanza, abulia, rencor. “ Ammu irritaba a Bebé Kochamma porque la veía luchar contra un destino que ella creía haber aceptado dignamente…Estaba totalmente de acuerdo con la opinión generalizada de que una hija casada no tenía ningún derecho en la casa de sus padres”[2] Es la visión de las mujeres acostumbradas, sumisas, contra la de aquéllas que pretenden una vida diferente. Pero, incluso desde la óptica femenina clásica, es inaceptable la rebelión, el intentar vivir de otra forma. Y aunque con el sello de la India, la situación representa la existencia de otras muchas mujeres en lugares disímiles del mundo, más lejanos o cercanos a la India pero que comparten un machismo arcaico; machismo que se presenta en todas y cada una de las posiciones en la vida. En este tipo de sociedad, las mujeres no deben trabajar. Supeditadas al dominio de los hombres, su papel queda enmarcado a las labores domésticas y el cuidado de los hijos y el esposo. Por lo tanto, Ammu “ … logró aumentar un poco más la mala opinión que reinaba en Ayemenem sobre las esposas que trabajaban”[3] Y lo mismo sucede si las mujeres ya no aman a sus esposos: la sociedad y las costumbres las presionan para que sigan a su lado, a pesar de todo –incluso los golpes.
La discriminación no es sólo por sexo, sino, además, clasista. Existe, históricamente, en la India, el sistema de castas, que marca a las personas desde su nacimiento y de por vida.
…cada individuo ha nacido en una de las principales varnas, o grandes categorías, y ha de permanecer dentro de ella hasta la muerte, aunque la posición de cada casta puede variar según las diversas regiones del país y con el tiempo. En orden de precedencia, los brahmanes son los sacerdotes y maestros; los kshatriyas, los nobles y guerreros; los vaishyas, los mercaderes y negociantes; y los shudras, los campesinos, obreros y artesanos. Los intocables pertenecen a una quinta categoría al margen del sistema de varnas, porque las labores que se les encomendaban eran demasiado impuras ritualmente como para incluirlos en esa escala… Los intocables, sin acceso a la educación ni a los libros de los brahmanes, estaban autorizados a desarrollar sus propias aptitudes, por ejemplo en la agricultura o la obstetricia. Pero únicamente porque beneficiaba a las clases superiores.[4]

Toda la sociedad hindú tiene su punto de partida en la conformación de una cosmogonía que rige la vida. Estas nociones clasistas son la base de una sociedad ancestral y aparece reflejada en la literatura, la vida y la política del país. Incluso, en muchas regiones, no aparece en su forma pura, sino que existe todo un sistema de subcastas como unidades pequeñas y cerradas- más cerradas aún.

Se cree que esta concepción podría tener sus fundamentos religiosos en la declaración del Puras-sukta en el Rig Veda: los Brahamanes provienen de la cabeza, los kashátrias de los brazos, los vaiçyas de la cintura y los çudras de los pies de Dios. Sin embargo, subyace a esta división un sentido ideológico de control social. En forma sintética, podríamos definir en términos occidentales lo que significaría el rol de cada casta. En primer término los brahamanes, el sector superior dedicado al sacerdocio; los kashátrias, los guerreros; los vaçyas, comerciantes y finalmente los çudras, que conformaban un grupo mixto: una masa popular conformada por campesinos y artesanos, que si bien se encuentran dentro del hinduismo no reciben el “smaskara” o “cordón sagrado” que implica un segundo nacimiento de connotación espiritual.[5]
Aunque esta organización social hindú es milenaria, muy poco se ha podido hacer al respecto. Hoy en día, persiste el sistema de castas. Incluso, algunos estudiosos han comparado el apartheid con dicha forma. La gran diferencia es que el segundo fue establecido por la raza blanca extranjera para dominar a los negros nativos y el primero implica el gobierno total y absoluto de connacionales. En lo que sí ambos convergen es en la segregación de los menos favorecidos.
Los Dalits, los intocables de la India, cuyo número supera los 250 millones, son víctimas del sistema de castas Hindú, jerarquía social opresora construida sobre los principios de la pureza ritual y la contaminación, la segregación y la exclusión social... Los poderes religiosos, políticos y sociales dominantes han asignado el lugar más bajo de la escala social a los Dalits para que sean esclavos y servidores de sus amos de las castas superiores. Viven en barrios segregados fuera de la aldea y son personas despreciadas y excluidas. La humillación, la burla, el desprecio, la depravación, la violación, la tortura y, a veces, la muerte cruel son el trato que reciben de quienes no son Dalits. Aunque son pobres y frecuentemente engañados por las personas de las castas superiores[6]

Velutha pertenece a los Intocables- de quienes, incluso, se decía que olían diferente. Esto está muy acorde con actitudes racistas similares: los negros apestan, los chinos son amarillos, los indios americanos son vagos, etc, etc. La familia le dio la oportunidad de estudiar para carpintero y él les paga enamorándose de Ammu. Es comunista y todos lo saben. El propio camarada Pillai le dice a Chacko que lo bote de la fábrica porque le va a traer problemas. Pero la realidad es que el joven quiere mucho a los gemelos quienes, ante la ausencia del padre, se acercan a él. Para la inamovible sociedad donde viven, los reglamentos se deben cumplir- no interesa si la gente es comunista, católica, ortodoxa. Cuando Ammu y Velutha pasan al territorio prohibido y violan estas leyes, "promulgadas hace miles de años", los tres representantes de la tradición establecida en la sociedad -la familia, la policía y los marxistas parlamentarios- unen sus fuerzas para castigar a Ammu, matar a Velutha y destrozar la vida de sus hijos. Los que tienen el poder, los perpetradores de la violencia. A Velutha lo castiga la sociedad por su descaro y los únicos que lo pueden ayudar- los niños- no lo hacen por miedo Por proteger a la madre. De manera cobarde, es asaltado y golpeado salvajemente, mientras dormía. La última traición- la de la inocencia- rompe el débil hilo de la salvación y de la infancia. Cuando Ammu va a defenderlo, es mal vista por el doble, triple, cuádruple pecado de la mujer que desdeña todas las reglas ancestrales. “Ammu preguntó por el jefe de policía, y cuando pasó a su despacho le dijo que había habido un terrible error y que quería hacer una declaración… Dijo{ el inspector} que la policía sabía todo lo que necesitaba saber y que la policía de Kottyam no aceptaba declaraciones de veshyas[7] ni de sus hijos ilegítimos”[8]

Conmueve -y duele- pensar que la rebelión de esta mujer la haya eliminado del seno de su familia y haya condenado a sus hijos a vivir sin ella. Ammu es expulsada de la casa; Estha, enviado con su padre; Rahel, sin protección maternal, bajo el cuidado de la tía y la abuela. No es de extrañar que la niña no sepa comportarse como una chica. “ Rahel creció sin que nadie le fijara directrices”[9] Tampoco es difícil de entender que se dirigiera hacia el matrimonio “ como un pasajero se dirige hacia un asiento vacío en la sala de espera de un aeropuerto. Con la sensación de que al fin podía sentarse” [10]Es por eso que las experiencias sexuales con el esposo son un desastre, con una mirada “ entre la indiferencia y la desesperación” [11] Sin saberlo, está pagando el sometimiento atávico de su raza y su sexo

Estha no escapa por su condición masculina. Los hermanos están veintitrés años sin verse y el niño -después de convencerse que por su culpa mataron a Velutha- deja de hablar. Los gemelos, tan unidos, son violentamente separados. El trauma de la infancia -el padre borracho, la muerte de la prima, la muerte del joven que era el único compañero, amigo, padre; la expulsión de la madre, el complejo de culpa de los niños y la experiencia sexual obligada con el Hombre de la Limonada y la Naranjada- dejan un vacío existencial imposible de llenar. Y aunque demencial, horrible, antinatural -pero en modo alguno imprevisto, se venía venir- es lógica la unión sexual de los hermanos. La búsqueda de la otra mitad que les falta. El sostén y la ayuda. Supongo lo escandaloso que debe haber sido esta secuencia. Y hay que reconocer la valentía de la autora. Porque Estha y Rahel nunca tuvieron -ellos tampoco- las grandes cosas. Su única forma de sentirse vivos era aferrándose a las pequeñas cosas -aún veintitrés años después. Nadie como ellos sabían que todo cambia en un instante.

La muerte de Sophie Mol fue sólo un pretexto para que se desencadenara el infierno. Todos querían quitar del medio a Velutha, expulsar a Ammu, separar a los gemelos -que también molestan, como agregados-, doblegar el carácter de Ammu. Lo de Sophie fue un accidente, provocado por la misma niña que insiste en ir con sus primos. Un accidente que, quizás, provocaron los mismos adultos, por su forma de tratar a los niños. Un accidente que convino para tomar decisiones postergadas y destruir la vida de Ammu y sus hijos.

LA HISTORIA POLÍTICA Y EL LENGUAJE.

No se puede negar que El dios de las pequeñas cosas maneja un lenguaje muy poético. Contada en tercera persona ominisciente, muchas de las descripciones de sentimientos, encuentros, deseos o pensamientos son manejados por la autora a través de metáforas y símiles. Esto le confiere, a veces,- dado que los niños cuentan la historia desde su óptica- un giro casi infantil en la valoración de los acontecimientos. Pero también en los encuentros de adultos hay un derroche de poesía muy sugerente.

Sólo que hubo lágrimas. Sólo que el Silencio y el Vacío encajaron como una cuchara sobre otra. Sólo que hubo un olisqueo en los huecos de la base de una garganta adorable. Sólo que un hombro de color miel acabó con una marca semicircular de dientes. Sólo que siguieron abrazados el uno al otro mucho tiempo después de que aquello acabara. Sólo que lo que compartieron aquella noche no fue felicidad sino un terrible dolor. Sólo que, una vez más, transgredieron las Leyes del Amor…[12]

No hay censura ni discursos morales en esta sencilla poesía de un acto, a todas luces, abominable -según las Leyes de Dios, los Hombres, la sicología, el marxismo y todo lo humano y lo divino. Su gran valor radica en decirlo en palabras que lo hacen menos perturbador. Más tierno -en el gran drama existencial de los gemelos. Y esta forma de enfrentar los acontecimientos hace que muchos hechos terribles de la novela -como la muerte de Sophie Mol, por ejemplo- sean menos espeluznantes.

La historia de la India, con sus racismos, sexismos y castas, es también una diferente noción del Comunismo, un marxismo-maoísmo a la hindú que, a todas luces, tampoco podía resolver ciertos asuntos ancestrales.
Con Naxalbari, un partido de nuevo tipo, un genuino partido bolchevique nació.... [E]l Partido Comunista de la India (Marxista-Leninista) se formó el 22 de abril de 1969.... el VIII Congreso... celebrado el 15 y 16 de mayo de 1970 en Calcuta... eligió a un Comité Central de 21 miembros... con el Camarada Charu Mazumdar como el Secretario General… Naxalbari y el PCI(ML) trazaron un claro deslinde entre marxismo y revisionismo. Puso la lucha armada en la agenda de la revolución en la India....Naxalbari tomó lugar en un tiempo cuando no sólo las masas de la India se estaban desilusionando por los treinta años de falsa independencia, sino que en una época en que el mundo entero estaba en desorden... Naxalbari restauró la esencia revolucionaria del marxismo en la India la cual había distorsionado, corrompido y destruido la semántica revisionista del PCI y del PCI…identificó la etapa de la revolución como Nueva Democracia, a los enemigos de la revolución como el imperialismo, el feudalismo y el capital burocrático comprador, y que los amigos de la revolución eran los obreros, los campesinos, las clases medias y la burguesía nacional, siendo los campesinos la fuerza principal y el proletariado, la fuerza dirigente. Este claro y tajante análisis de clases fue de importancia histórica....
Sobre la cuestión de tácticas, rechazó el parlamentarismo y llamó al boicot electoral. Luchó contra el economicismo, legalismo y reformismo, y sus métodos de trabajo y organización. Impulsó la construcción de un partido tipo bolchevique estrictamente clandestino.... El PCI(ML) emergió como un partido de tipo bolchevique preparado para dirigir la lucha…Sobre la cuestión del camino de la revolución... Recalcó claramente que el camino a la liberación se basa en la construcción de un ejército popular, la creación de bases de apoyo liberadas en el campo y gradualmente cercar y capturar las ciudades. También afirmó que la revolución democrática es sólo el primer paso del largo período de transición al socialismo y comunismo ...Sobre la situación internacional, apuntó a las dos superpotencias, el imperialismo estadounidense y el socialimperialismo soviético, como los principales enemigos de los pueblos del mundo, y China como el centro de la revolución mundial. En la India, sostuvo el derecho de las nacionalidades en la India a la autodeterminación incluyendo la separación; también desenmascaró el expansionismo de las clases dominantes de la India…[13]

Evidentemente, la historia muestra un Comunismo apegado a las ideas de Mao y la manera en que su aplicación en China resultó como lo máximo. La visión de la novela, que analiza profusamente el fenómeno en las páginas de la 86 a la 93, es hasta un poco sarcástica. El Comunismo mundial siempre estuvo dividido entre el bloque chino y el ruso. El primero ha sido tratado, por siglos, como más retrógrado y extremista, sin embargo, es el que ha subsistido, haciendo cambios en su proyección económica. Es muy curioso cómo se intenta explicar la razón por la cual había tanto comunismo en Kerala: desde la supuesta unión de los cristianos sirios a las ideas comunistas hasta el alto grado de alfabetización que tenía la región. “ … el comunismo se había introducido… como un movimiento reformista que nunca cuestionó de modo abierto los valores tradicionales de una sociedad de castas en extremo tradicional… ofrecían un cóctel revolucionario. Una mezcla embriagadora de marxismo oriental e hinduismo ortodoxo, con un chorrito de democracia”[14]En esta afirmación Arundhati define una concepción sui géneris de un marxismo diferente. Chakco tiene una fábrica, explota a sus obreros, les dice compañeros y se autoproclama marxista. Velutha sí tiene carnet pero ni siquiera el Partido intenta salvarlo de su “pecado” porque no se ocupa de esas cosas. “ Para ser justos con el camarada Pillai, hay que decir que no planificó el curso de los acontecimientos que siguieron. Simplemente, deslizó sus dedos predispuestos en el guante expectante de la historia” [15]Pero el camarada Pillai- el comunista que le pone a su hijo Lenin- es un político que se mueve con la corriente: le sugiere a Chacko que bote a Velutha, no apoya a éste cuando lo necesita pero sabe que un hombre muerto puede ser una mina de oro para sus intereses y para el Partido. A la muerte del joven, inicia las revueltas en la fábrica, hablando de los derechos de los Intocables, y afirmando que “ las castas son clases, camaradas” [16]Son, pues, marxistas muy diferentes y aunque en los mítines se juntan los Intocables con otras castas, al final, la historia -de la novela y de la vida- demuestra que los inteligentes -como Pillai- saben manejar la situación y que los más pobres -Velutha- son sacrificados… aunque todos sean camaradas, canten la Internacional y griten “ Proletarios de todos los países, uníos”. Porque, tácitamente, Pillai se une a toda la sociedad que vilipendia a los Intocables. Y la verdadera revolución en la India era “ que la burguesía cristiana hubiera empezado a extinguirse” [17]Al parecer, hindú, oriental, europeo, africano o caribeño, todos los comunismos se disfrazan pero, en el fondo, son lo mismo.
Con Arundhati se aprecia otra cara de los que se autoproclaman Comunistas y no son más que vividores que van con la corriente.En El dios de las pequeñas cosas, quieren cambiar la vida pero no son capaces ni de comenzar por lo más elemental: eliminar el racista concepto de las castas.
El dios de las pequeñas cosas es una novela feminista. Aunque no haya sido objetivo de la autora, al final, deja bien claro la defensa de los derechos de las mujeres. Como también es una obra que aboga por los desposeídos de derechos, sean o no del sexo “débil”. La visión final es abrumadora porque la sociedad destruye a Ammu y Velutha por intentar cambiar las cosas. Y a sus hijos por formar parte de algo que nunca entendieron.
Si la literatura actual se preocupa tanto de la situación de las mujeres en el mundo, no es casual. Evidentemente, aun cuando hemos logrado ciertos avances -o yo no estuviera escribiendo este texto- falta un largo camino por andar. Hemos ganado ciertas batallas pero no la guerra.
BIBLIOGRAFÍA.

1- Roy, Arundhati. El dios de las pequeñas cosas. Barcelona, Editorial Anagrama, 1998.
2- http://www.rediff.com/news/sep/18arun.htm
3- http://www.unesco.org/courier/2001_09/sp/doss22.htm.
4- http://india.idoneos.com/index.php/372955
5- http://www.wcc-assembly.info/es/oracion-y-estudios-biblicos/participar-en-los-estudios-biblicos/el-mundo-de-los-intocables-de-la-india.html
6- http://www.awtw.org/spanish/numero_anteriores/1998-23/pw34-sp.htm
[1]http://www.rediff.com/news/sep/18arun.htm. Página consultada el 28 de mayo de 2006.

[2] Roy, Arundhati. El dios de las pequeñas cosas. Barcelona, Editorial Anagrama, 1998, p. 62.
[3] Íbid, p. 66
[4] http://www.unesco.org/courier/2001_09/sp/doss22.htm. Página consultada el 20 de mayo de 2006.
[5] http://india.idoneos.com/index.php/372955. Página consultada el 20 de mayo de 2006.

[6] http://www.wcc-assembly.info/es/oracion-y-estudios-biblicos/participar-en-los-estudios-biblicos/el-mundo-de-los-intocables-de-la-india.html. Página consultada el 22 de mayo de 2006.

[7] Prostitutas
[8] ,Arundhati. El dios de las pequeñas cosas. Ob. cit, p. 20
[9] Íbid, p. 31.
[10] Íbid, p. 33
[11] Ídem.
[12] Íbid, p. 370
[13] http://www.awtw.org/spanish/numero_anteriores/1998-23/pw34-sp.htm. Página consultada el 30 de amyo de 2006.
[14] Íbid, p. 87.
[15] Íibd, p. 3222
[16] Ídem.
[17] Íbid, p. 157

miércoles, 12 de septiembre de 2007

La herencia de Eszter, de Sándor Marai.

LA SUMISIÓN Y LOS AUTODESTIERROS.

POR YAMILET GARCÍA ZAMORA


La propia vida de Sándor Márai ( 1900-1989) puede responder a la hipótesis latente en La herencia de Eszter ( 1939 ). Algo que debió suceder en el pasado y no ocurrió signa la vida de los personajes de esta novela como marcó, posiblemente, la del propio autor, que fue condenado, censurado, exiliado y cuyo suicidio fuera de su patria señala el camino de los destierros reales y los autoexilios que designan a los seres humanos. Las miradas retrospectivas de las vidas –de la vida de Eszter- muestran palabras que no se dijeron, sentimientos ocultos, actitudes truncas. La memoria del pasado destruye también el presente porque aunque aparentemente todo se ha olvidado, sigue ahí, esperando el momento propicio para salir de nuevo.

Heredero de la mejor tradición literaria centroeuropea, Sándor Márai construye un universo novelístico que aunque recuerda algo al de Stefan Zweig, sin embargo, está dotado de sus propios recursos y registros expresivos. En este sentido, lo que más llama la atención de su prosa es la forma en la que elabora su discurso creativo. Un discurso melancólico y refinado, provisto de un esteticismo contenido que sirve a una voz elegante que se articula a través de personajes que parecen vivir atrapados por su pasado. De ahí que sus historias giren alrededor de la incapacidad de aquéllos por proyectarse más allá de una temporalidad acuciada por fantasmas biográficos que introducen una tensión que va en aumento gradualmente hasta que por fin se plantea la necesidad imperiosa de resolverla bajo la forma de una encrucijada vital en la que se decide el futuro de los protagonistas e, incluso, su propia supervivencia.[1]

Decir que la novela no me gustó no basta para llenar el cúmulo de sensaciones que despertó en mi, donde la ira prevalece en su justo valor: ira contra Eszter, fundamentalmente pero, además, rencor por un texto que se me hace sumamente machista y que pone a la mujer en un papel absurdo, aunque no puedo soslayar el hecho concreto que, en el mundo, hay mucha gente como Eszter, incapaces de luchar contra el “destino” y supeditadas a un hombre que jamás las ha querido y cuyo único fin en la existencia es vivir bien sin interesar a quién se hace daño.

La herencia… es una novela donde el tiempo y el espacio no están definidos. Se sabe que la historia transcurre en un pueblo, porque en varias ocasiones se dice, y que estamos en el siglo XX –aunque en la casa no hay luz eléctrica, nunca la ha habido- pero el resto de los datos no aparecen, en un intento manifiesto del autor por generalizar una situación que puede ocurrir en cualquier lugar del mundo.

Hace veinte años que Lajos se fue y al comienzo de la novela Eszter se entera que volverá. Los recuerdos y la memoria afectiva del pasado conducirán a la protagonista a formarse una ilusión a fuerzas. Espera que la llegada de su viejo “amigo” –con el que mantuvo un noviazgo y que, al final, se casó con su hermana- le despierte todo un universo de sensaciones que no puede dominar. Eszter es un cliché, alguien que sabe que es imposible volver al pasado, ni arreglarlo y que intuye un futuro nefasto pero que es incapaz de rebelarse por su vida. Por otro lado, su “amor” es un hombre sin ética ni límites morales.
- ¿ Dónde están tus límites, Lajos?
- Todo eso son puras palabras –observó, con un movimiento de la mano de aburrimiento- Límites, posibilidades. El bien y el mal. Son puras palabras, Eszter. ¿ Has pensado alguna vez en que la mayor parte de nuestras acciones no tiene ningún sentido ni ningún fin? Uno hace lo que hace, sin pensarlo, sin obtener ningún beneficio ni ningún placer con ello. Si examinas tu vida, te darás cuenta de que ha hecho muchas cosas sin querer, simplemente porque se te ha presentado la ocasión para hacerlas[2]

Lajos es un manipulador agresivo y descarado. Todos saben el tipo de persona que es pero nadie se rebela a sus maquinaciones. A los ojos de cualquier lector, se presenta como una especie de Diablo, disfrazado de humano, con el encanto de los Mesías, dictadores o dirigentes populistas, que encantan a las personas, cual serpientes desvalidas, con el uso de la palabra, la mirada, los gestos. Más allá de las posibles implicaciones de la moral, lo justo, lo honrado. La filosofía de Lajos es, por lo tanto, bien simple: “Uno es responsable de sus intenciones… Las acciones, ¿ qué son? Son sorpresas arbitrarias”[3] Una filosofía peligrosamente fascista –o represora, llámese cómo se llame su filiación política. Visto de esta forma, si mi intención es que la gente de mi barrio viva bien –muy buena intención, por cierto- no importa que mate a los vecinos del barrio colindante para lograrlo –eso es acción sorpresiva. Debajo de la manipulación de Lajos y de la pasividad absurda de Eszter hay todo un sustrato ideológico del terror y la sumisión al destino, algo del súper hombre de Nietzsche 4]y, también, del derrumbe de todo un universo pequeño burgués que vaticina el gran cambio político de Europa en los años cuarenta del siglo XX.

Además, es la novela de la tristeza, la nostalgia infinita por lo pasado que no volverá y una especie de imposibilidad de romper con ello para seguir adelante. Eszter espera a Lajos como el niño Marcel espera y sufre por el beso que no llega en Por el camino de Swan[5], vencidos ambos por la inevitabilidad del destino y por la falta de comunicación. Porque La herencia apela a una verdad casi dolorosa de nuestros tiempos: los sentimientos se deben decir en el momento preciso. Las obsesiones de los personajes son sicosis dignas del mejor estudioso del tema: por el pasado, por el tiempo que no existe pero que se empeña en mantener, incluso, por ese estado de complacencia de ser dominado que experimenta Eszter –en mayor medida- y el resto –en menor medida. Pero en el caso específico de la protagonista, deriva en las presencias sexistas. Eszter intenta rebelarse pero sucumbe en su intento.

Sí, estoy en el final de mi vida, y tú eres el responsable de que mi vida haya transcurrido así, tan vacía y tan falsa. Tú eres el responsable de que me haya quedado sola, como una solterona que, por ahorrarse sus sentimientos, al final acaba cuidando de sus perros y de sus gatos. Tú sabes que yo no me los he ahorrado nunca, y que nunca he tenido perros ni gatos… Yo tenía personas.[6]

El intento es válido pero queda sólo en eso: en un intento. Puedo comprender el sentido clasista que el autor pone en sus personajes porque Eszter ni es la gran heroína que romperá con los moldes impuestos ni es objetivo de la novela hacerlo, sino todo lo contrario, porque la obra presenta personajes arrinconados en su inmediatez, cegados por el destino. Pero, de cualquier forma, me molesta sobremanera el discurso machista de Lajos, al afirmar que el amor es cosa de mujeres. Y agrega:

Sólo destacáis en eso. Y en eso fracasaste tú, y contigo fracasó todo lo que pudo haber sido, todos nuestros deberes, el sentido entero de nuestras vidas. No es verdad que los hombres sean responsables de su amor. Hubieras tenido que amarme como ama una heroína. Sin embargo, cometiste el mayor error que una mujer puede cometer: te enfadaste, te echaste atrás[7]

Una visión del siglo XXI no ayuda mucho a comprender a Eszter. Pero si bien el peso del dominio recae en Lajos, no se debe olvidar que hasta su hija manipula a Eszter, sin interesarle los problemas o sentimientos de la mujer. Ésta es la novela de los egoísmos, los peleles y los asesinos pasivos, que saben pero no se atreven a intervenir directamente. Y el final, aunque molesta, no extraña: Eszter venderá la casa a Lajos para lanzarse, ahora sí, a un futuro totalmente incierto. Y es que: “… nosotras, las mujeres, no podemos ser siempre tan sabias ni tan consecuentes…Ahora comprendo que no es ésa nuestra tarea”[8] Si la Eszter real y las que todavía piensan así en muchas partes del mundo me pudieran oír, yoles diría: ni tan tontas. Ni tan sumisas. Pero ésa es otra novela.

Si los personajes logran levantar pasiones, odios y deseos asesinos es, indudablemente, por su magnífica construcción. Envidiable en extremo resulta la manera en que el autor logra conformar a gente tan viva dentro de su muerte moral. La pasividad absoluta y el dominio total escapan de las páginas y hacen que el lector viva intensamente el delirio de la historia, preguntándose a cada momento hasta dónde va a llegar Lajos y si Eszter lo soportará. Y en eso radica la genialidad de la novela.

Al estilo de Kafka, Eszter es un personaje cosificado, autoexiliado en su propia existencia, con sentimientos reprimidos y sin voluntad propia. Su herencia es el vacío, la duda y la nostalgia de los tiempos pasados, todos representados en una casa que es, también, una vida que sucumbe: la vida de Eszter.





[1] José María Lassalle Ruiz .”Sándor Márai y la herencia centroeuropea” en: http://www.ojosdepapel.com/Index.aspx?article_id=633. Página consultada el 18 de agosto de 2007.
[2] Sándor Márai. La herencia de Eszter. Barcelona, Salamandra, 2006, p. 126.
[3] Íbid, p. 128
[4] Friedrich Wilhelm Nietzsche ( 1844- 1900) filósofo y poeta alemán, fue uno de los pensadores modernos más influyentes del siglo XIX. En torno al súper hombre o supra hombre nietzscheriano se ha escrito mucho y existen variadas hipótesis –desde colocarlo al nivel de Hitler hasta decir que se acerca al ideal del hombre renacentista- pero se puede clasificar, a grandes rasgos, como aquél que crea sus propias normas, morales y de todo tipo y que somete las cosas a su voluntad. Además, es un ser que cuando toma una decisión realmente la quiere tomar, y no se arrepiente de sus actos
[5] En la primera novela de En busca del tiempo perdido, Por el camino de Swan, Marcel Proust ( 1871-1922) describe una larga secuencia angustiante donde un niño –él mismo- vigila a su madre para que le dé el beso de buenas noches, en un acápite desbordante de manías, terrores, nostalgias, dolores y memoria.
[6] Sándor Márai. Ob. cit, p. 136.
[7] Íbid, p. 144-145.
[8] Íbid, p. 159

domingo, 9 de septiembre de 2007

Niño mexicano de siete años venció a Martí en ajedrez

Una muy interesante información -con las jugadas incluidas- del niño Andrés Ludovico Viesca Gutiérrez, nacido en Coahuila, y que con sólo siete años venció en 15 jugadas ajedrecísticas a José Martí. Al parecer, el juego ciencia no era el fuerte del Apóstol... http://desde-cuba.blogspot.com/2007/09/nio-mexicano-venci-jos-mart-en-el.html

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Rafael de Águila, mención en el premio internacional Julio Cortázar

Para presentar a Rafael de Águila ( La Habana, 1962) no puedo dejar de decir que es mi amigo hace muchos años. Pero, además, y debería haberlo puesto en primer lugar, es un excelente narrador. En 1997 publicó Último viaje con Adriana, premio Pinos Nuevos de ese año y en el 2006, Ellos orinan de pie, ambos libros de cuentos. La prosa de Rafael siempre me asombra. Y hoy les dejo un relato profundamente humano: WAGNER Y LOS CABRONES.

WAGNER Y LOS CABRONES
La calle estaba tranquila, desde el parapeto los dos hombres, espaldas sobre el muro, no dejaban de mirar a cada lado. ¿Vendrán de una vez?, preguntó el de la izquierda. El otro no respondió, se entretuvo quitando un terrón que el fango de la última salida había pegado al calzado, después escupió sobre el cuero de la parte superior y se afanó con un trozo de tela, era uno de esos hombres a los que, sin importar el sitio o las circunstancias, les molestaba la suciedad. Vienen, seguro, lo que no sabemos es cuándo, dijo al fin. El otro quedó con los ojos prendidos en la calle, como si desde allá, desde el sitio en que el asfalto se abría en tres posibilidades, en tres direcciones, pudiera llegar de pronto algo más que la muerte. Frank. El hombre continuaba su labor pero el zapato parecía no advertirlo, era viejo y la puntera de hierro estaba magullada al centro y también en los bordes. Frank, hay que sacar de aquí a Alicia. Las botas habían quedado todo lo limpias que era posible sin los implementos de rigor y el hombre la observó satisfecho. Yo también quisiera sacarla de aquí, pero, ¿a dónde?, esto se jodió, ella no debería estar aquí, pero está, esa es la desgracia, está, y no podemos evitarlo. Los dos hombres quedaron mirando la calle, ahora ya no importaba el calzado, en los ojos tenían una expresión de tristeza que alcanzaba para implotar la galaxia, cada una de ellas, sin excepción. Si sigue aquí la van a matar. Frank sacó los prismáticos y estuvo mirando la calle bastante rato. Si se va también la van a matar, acá nos van a matar a todos. Los dos hombres se miraron, ¿qué es eso?, ¿qué coño es eso? Alicia, está cantando. Se levantaron y corrieron por el parapeto, ¿está loca?, se preguntaron a coro. Llegaron al lugar donde habían instalado el pequeño horno de baterías, alimento habían logrado reunir algo pero nadie sabía a derechas cuánto tiempo duraría la energía, un día no habría más y tendrían que acostumbrar el estómago al frío de las latas, después, cuando también las latas se acabaran, el estómago tendría que contentarse con el aire cargado de polvo, eso si para entonces aún estaban vivos. Ya casi les tengo el café, se van a chupar los dedos, era el último café que quedaba, eso es lo malo. Los dos miraron a la muchacha y la fuerza no les alcanzó para pelearle; tenía el cabello suelto, los ojos confundiéndose con el negro de la blusa, aquella sonrisa como si todo se limitara a un día de acampada. Alicia, no puedes cantar. Ella sonrió, ah, pues me disculpan, a veces hay que levantar la moral de la tropa, alegrar un poco el día, ¿no?, hasta ellos si oyeron estarán aplaudiendo. Había dicho ellos y la cabeza hendió el aire en un gesto que aludía al allá, vaya a saber dónde, cualquier sitio en el que anduvieran ahora esos cabrones. No puedes cantar, no estás en el coro, eso fue una locura. La muchacha bajó la cabeza y pidió disculpas, no se vayan, ya está el café, iba a llevárselo en este momento. Tomaron el café en jarros de lata, los jarros estaban muy sucios y abollados pero el café estaba caliente y amargo; el azúcar se había acabado desde hacía ya una semana, ahora también se terminaba el café, realmente no les gustaba amargo pero reconfortaba, se les metía dentro del cuerpo y el calor lo llenaba todo, cada intersticio, el sabor no dejaba de hacer su parte y los dos hombres sonrieron. ¿Qué cantabas? Una lied, de Wagner. Después supo que no habían entendido nada y aclaró: una canción. Se sentaron en la tierra dura del parapeto, los dos hombres frente a la muchacha, los jarros en las manos, el humo iba de los jarros al aire y era un humo distinto, un humo del que no había que esperar la muerte. ¿Cantabas eso en el Conservatorio? Alicia explicó que lo ensayaban desde enero, casi todo estaba listo para una audición, pero bueno, comenzó esta mierda. El Vander ese..., ¿de qué país era?, quiso saber Frank. Alemán, nació en 1813. La muchacha intentó hacer pronunciar correctamente el apellido al hombre pero aquello no fue posible. Hace un bulto de años, concluyó Roberto, ese nunca estuvo en un parapeto, nunca tomó café sin azúcar en estos jarros de mierda ni esperó metido aquí a que..., el otro lo cortó: vamos a pedirle a Alicia que nos explique la canción del Wander ese, parece una canción..., no sé, romántica, ¿no? La muchacha iba a hablar pero Frank quiso regresar antes al sitio desde donde se vigilaba la calle. ¿Para qué?, pueden llegar desde cualquier lado. El otro lo miró y Roberto se arrepintió de la frase. Regresaron a gachas, ya sin correr, cada uno llevando su fusil, Alicia llevaba el suyo como podría haber cargado la mochila llena de partituras que solía llevar al Conservatorio. La calle estaba vacía, al centro un aura comía de algún desecho. Son grandes, se asombró Alicia, nunca había visto esos bichos así, tan cerca. Se sentaron y Frank volvió a escudriñarlo todo con los prismáticos, después los dejó a un lado y miró a la muchacha. A ver, explícanos lo del alemán ese y su canción. Alicia no dejaba de mirar al aura, pájaros cochinos, dijo. Deja a la pobre aura comer en paz, tiene hambre, dale, explica lo del alemán ese. La muchacha sonrió: pues miren, sí, es una canción de amor, Wagner estaba casado, la esposa se llamaba Minna, pero conoció a una muchacha, esa otra se llamaba Matilde, y también estaba casada, creo que tenía 24 años, Wagner la conoció en Suiza; él dirigía una sinfonía de Beethoven y ahí en el teatro estaba Matilde con el esposo, quedaron maravillados con Wagner, le ofrecieron apoyo, porque por aquella época Wagner no tenía dinero, se hicieron amigos, Wagner y Matilde tuvieron un affaire..., ¿un qué?, le interrumpió Roberto, la muchacha se rió, eh...., se enamoraron, explicó. Eso siempre pasa, dijo Roberto. La muchacha continuó: sí, casi siempre, entonces Matilde convenció al esposo para que comprara una casa a Wagner, pero Minna lo supo todo y pidió al músico que rompiera aquello, él lo hizo, pero pasaron los años y compuso cinco canciones, esa que yo cantaba era una de ellas, una de las Wesendonck Lieder, se llama Der Engel, El Ángel. ¿Cuántos años tenía entonces el alemán? Creo que el doble de Matilde. ¿Y qué más pasó? Lo de siempre, Wagner se fue con Minna, de todas maneras se divorció, y también se quedó sin Matilde, pero compuso para ella Tristan e Isolda, no se imaginan, una maravilla, yo tenía el CD... A Frank le pareció ver en los ojos de la muchacha un líquido raro y se volvió a inspeccionar la calle: no me trago que todo esté tan tranquilo, razonó, ¿por qué no acaban de venir de una vez? Roberto también se incorporó a mirar, son unos cabrones, dijo, lo tienen a uno aquí desgastándose, nos ponen a esperarlos, nos hacen frituras los nervios, nos cansamos y cuando estemos hechos puré, aparecen. No, negó el otro, ellos no son tan inteligentes, nos desprecian, se creen muy fuertes, y lo peor es que son fuertes, no tienen que andarse con trucos, quién sabe por qué no acaban de aparecer, va y son brutos los muy cabrones. Volvieron a sentarse, la muchacha tenía las manos sobre las rodillas y los ojos más negros que nunca, también estaba pálida, a la cara el color de las nubes cuando el cielo no amenaza lluvia. Los hombres la miraron y sintieron que la lástima se les hacía una pared dentro, una pared que crecía y crecía para terminar en dos torres, las torres se confundían en un nudo, y el nudo se quedaba ahí, impotente, incapaz de poder mover un ladrillo por la muchacha. Oigan, dijo ella, a ver, si ustedes hubieran estado en el lugar de Wagner, ¿se habrían ido? Los hombres la miraron y la pared creció todavía un palmo. No sé, comenzó Frank, no sabemos todos los detalles para poder decidir, por ejemplo: ¿quién era más bonita?, ¿quién lo quería más?, ¿estaba Matilde dispuesta a irse con el alemán?, ¿quería Vander irse con Matilde?, parece que no, la esposa le pidió que dejara el asunto con Matilde y él lo dejó. La muchacha se rió: y tú, Roberto, ¿qué crees? El aludido se incorporó a mirar la calle, en aquella posición argumentó que Matilde seguramente era una puta y que el alemán había actuado muy razonablemente. Alicia no estuvo de acuerdo: pues yo pienso que se enamoraron, sobre todo Matilde, Wagner era un genio, ustedes no saben, una mujer puede enamorarse fácilmente de un tipo como él, yo creo que después, con los años, Wagner se arrepintió de haber actuado tan razonablemente como dice Roberto, y entonces compuso esas canciones, no sé si Matilde lo supo, ni siquiera sé si llegó a escucharlas alguna vez. Varias explosiones llegaron desde el sur, los dos hombres y la mujer corrieron por el parapeto hacía la bifurcación desde donde se alcanzaba a vigilar aquella dirección, una suerte de trinchera circular bien fortificada. Hacia el sur se levantaban varias columnas de humo muy negro. Si vienen por aquí estamos mejor protegidos, explicó Frank, tenemos que traer algo de avituallamiento para acá, comida, parque, agua, medicinas, pero eso es ahora. Todo se hizo rápido y en un momento los dos hombres y la mujer estaban otra vez mirando al sur, las espesas columnas de humo negrísimo llegaban bien arriba para enlazarse con la pared y las torres, jugar con el nudo, aquella parafernalia que la lástima de los hombres había dejado ondeando en lo alto. ¿Trajiste algo de agua?, preguntó Frank a la muchacha. Claro que traje, y también las granadas que quedaban en el hueco, las antitanques, y vendajes. La muchacha apretaba el fusil, los ojos se le habían oscurecido todavía más, eran ahora de un oscuro rebelde, demasiado rebelde quizá. ¿Tú crees que vengan por aquí?, preguntó. Roberto explicó que podrían llegar desde cualquier sitio, desde donde les diera la gana, nadie sabía, Frank quedó callado, lo miraba todo como queriendo arrancar al tiempo el pedazo de futuro que alguien ahí delante tejía para ellos. Hacen falta los prismáticos, dijo y se fue a gachas a buscarlos. Roberto quiso saber si Alicia tenía miedo. Claro que tengo, reconoció ella, me cago de miedo, ¿no sientes la peste? Los dos se rieron, sin dejar de mirar al frente Roberto dijo que sí, la sentía, tremenda peste a mierda, ¿y sabes por qué?, porque también yo estoy cagadísimo, ya no me queda mierda por dentro. Se volvieron a reír, somos unos cagados, se burló ella, pero tal vez esos que están por venir estén más cagados. Sí, convino Roberto, quizá sea esa la mierda que apesta, la de ellos. Después explicó que daría la vida y hasta un poco más a cambio de que ella no estuviera allí, que la quería, mucho, no era el lugar ni el momento para andarse con esas tonterías pero él quería decirlo, era mejor que ella no dijera nada, era mejor seguir oliendo la mierda y ya. La muchacha lo miró y los ojos fueron dos huecos profundos, dos huecos muy negros. Yo sé que los dos son tan comemierdas que están enamorados de mí, veo como me miran, ayer me lo dijo Frank, hoy me lo dices tú, yo no pensaba que pudieran ser tan ciegos, yo con esta greña y sin un creyón de labios y ustedes como si vieran una diosa. Roberto quiso explicar que tenía el pelo muy lindo, mucho más lindo que las diosas, pero Frank estuvo de vuelta con los prismáticos y se puso a mirar al sur. Maricones, rezongó. ¿Qué pasa?, preguntaron casi a dúo. Nada, que me estoy cansando de esta porquería de vienen y no vienen. Alicia miró al cielo, se está nublando, anunció, parece que va a llover. Roberto también miró arriba, sólo Frank se mantuvo con los prismáticos pegados al rostro y los ojos devorando el sur. Oye, Frank, soltó la muchacha, ¿vamos a morirnos, verdad? El hombre dejó de mirar al frente y se acomodó sobre el suelo del parapeto, insistió en que no había que ponerse a pensar en eso, la muerte es una puta, pensar que uno va a morirse es morirse dos veces, o tres, o diez, las veces que la muerte quiera, las que sean, qué sé yo, ya morirse una vez es malo como carajo, todo eso dijo el hombre y sonrió. ¿No quieren que les cante la lied de Wagner para Matilde? Los dos la miraron, asombrados, la lástima y la ternura colgándoles de los ojos, de cada ojo brotaban lástima y ternura como agua desde un surtidor. Bueno, pero bajito, nada de musiquita de Vander para el enemigo. La muchacha cantó muy bajo, casi en un susurro, la cabeza sobre el muro, mirando al cielo, por momentos cerró los ojos, no miró a los hombres, no pudo ver cómo apretaban los dientes y se les llenaban los ojos de un agua rara, sólo cantó y se cuidó de que la pronunciación alemana le saliera natural, como si lo supiera todo de aquel idioma gutural y fuerte y no hubiera aprendido únicamente aquella canción, las miles de veces que hubo de escucharla, rewind otra vez a la cinta, rewind el oído alerta ante las partes más endiabladas, esa dicción tan distinta, la vista fija en el manual, aquella música de Wagner para Matilde. Si ahora se atrevieran al fin ésos a venir los tres hubieran resultado presa fácil, aunque puede que no, puede que los muy cabrones dejaran los fusiles a un lado, se sentaran a escuchar a Alicia, después aplaudirían, todos, hasta seguro alguno le regalaría flores. Cuando la muchacha terminó comenzó a lloviznar y los tres quedaron sin hablar, sin mirarse, Roberto escarbaba el piso con un dedo; Frank no despegaba los ojos de la pared y Alicia miraba al cielo, la llovizna le mojaba la cara y uno no podía saber si sólo al cielo podía atribuirse todo aquel líquido que le bajaba por las mejillas. ¿Les gustó?, preguntó al fin. Los dos hombres se levantaron, Roberto la besó en la frente, Frank en la cara. Muy lindo, no importa no entender el jodido idioma, eso alcanzó a decir Roberto, el otro quiso ser más explícito; sentía mucho que la muchacha no hubiera llegado a cantar aquello en el teatro: oye, te habrían aplaudido días enteros, es una mierda que todo se haya jodido así..., la frase se le cortó y el hombre quedó muy serio, de pronto pateó la pared, una, dos, tres veces: me cago en Dios, cojones. Oigan, miren, canté para ustedes, al final ustedes dos son mucho mejor público que los estirados del Conservatorio, y, por favor, los dos tienen que dejar de mirarme como a una niña, ya sé que son tan comemierdas como para decir que están enamorados de mí. Los dos hombres la miraron muy serios. Sí, los dos, son tan comemierdas como para eso, parece que sienten más que vaya yo a morirme aquí que la muerte que hay también para ustedes, ayer Frank que me quiere, hoy eres tú, Roberto, como si no estuviéramos en este hueco y esos cabrones no pudieran aparecer en cualquier momento, para colmo vengo yo a joderlo todo y me pongo a hablar de Wagner y Matilde y se me ocurre ponerme a cantar esa canción. Los dos hombres quedaron en silencio, se miraron, después Frank se levantó y comenzó a escudriñarlo todo otra vez con los prismáticos. ¿Vienen o no vienen?, quiso saber Alicia. No se ve un carajo, aclaró Frank. A veces me gustaría que acabaran de venir y ya, dijo el otro. También a mí me gustaría. Y a mí, se escuchó murmurar a la muchacha. Frank encargó a Roberto no perder de vista el sur, yo voy a ver cómo está la calle allá. Alicia se levantó del suelo y también miró al sur, sigue el humo, dijo. Y seguirá, aseguró el hombre, eso parece ser de combustible, ¿ves?, es negro, negro, le dieron a algún depósito, o qué sé yo, algo grande jodieron los muy cabrones. ¿Cuántos días tú crees que se demoren en ponerse a revisar casa por casa y nos descubran aquí? No sé, ya deben estar buscando, nadie sabe lo que se demoren en llegar, un día los vamos a ver, ellos se acercarán por aquí, o por allá, o por el frente, por donde les de la gana, y hasta ese día. La muchacha miró al sur y después muy fijamente al hombre. Oye, Roberto, dime, pero de verdad, ¿tú eres celoso? ¿Celoso?, antes de que llegara esta mierda nunca fui muy celoso, ahora..., ahora qué sé yo, ahora como tú dices, me pongo comemierda y siento celos si miras mucho a Frank, creo que te gusta él y yo no. La muchacha se rió, la llovizna que había cesado volvió a caer y el hombre tuvo que secar con el borde de la camisa el lente del prismático. Ella lo miró pícara, pues... a ver, ¿cómo te digo?, también yo soy un poco comemierda porque me gustan los dos, fuera de aquí, quiero decir, en la vida normal, me habría gustado salir un día con uno, después con el otro, en la vida normal, pero ahora estamos aquí y no se puede hacer. El hombre no alcanzó a podarse de los ojos el asombro, estas chiquillas, pensó, las cree uno niñas y son tan adultas. ¿Aceptarías eso? ¿Qué cosa? Eso, que en la vida normal saliera con Frank hoy y contigo mañana. El hombre no lo pensó siquiera: no, no lo aceptaría. Entonces eres celoso. Bueno, si eso es ser celoso, sí, soy celoso. Alicia volvió a reírse: mira, esto no es la vida normal, pero... si quieren, si... se comportan, podemos..., vaya, arreglar el asunto. No entiendo, dijo el hombre, ¿qué asunto? Eso de que ustedes sean unos comemierdas, y yo un poco comemierda, de que vayamos a morirnos de un momento a otro. Frank se acercaba, los dos lo vieron y quedaron callados. Por allá todo tan aburrido como antes, ni una cucaracha se mueve, ah, el aura, tu bicho asqueroso sigue ahí, a picotazos con su carroña. Los miró, ¿qué coño pasa?, ¿vieron algo o qué?, sin esperar respuesta se puso a macerar el sur con los prismáticos. Coño, digan algo, ¿por qué tienen esas caras? Que te lo explique ella, soltó Roberto. La muchacha se sentó, desde el suelo miró a uno y a otro. Le pregunté a Roberto si era celoso, a ti te lo pregunté ayer. Nadie dijo nada y Alicia volvió a hablar. Le explicaba a Roberto que era muy mierda eso de que los dos estuvieran locos por mí y estemos al borde de morirnos cuando aparezcan esos, que a mí no me desagradan, me acosté con un hombre hace sólo un tiempo, y no era un hombre, era un muchacho, nos vamos a morir, ustedes se ponen a mirarme con esa lástima, yo digo que si se comportan..., si se comportan como... como seres racionales, puedo quererlos, a los dos. Ya nos quieres, dijo áspero Frank. No, yo digo quererlos, como una mujer a un hombre, hacerlo. ¿Hacer qué?, fue otra vez la aspereza del hombre. Hacerlo, soltó la muchacha, tú sabes muy bien lo que estoy diciendo. ¿Y cómo puede hacerse eso?, quiso saber Frank. Pues..., como se hace desde que el mundo es mundo, por la noche uno duerme y el otro vigila, ¿no? Sí, asintieron los dos hombres. Ah, pues puedo hacerlo con el que no vigile. Los dos hombres quedaron mirándola, a Roberto comenzó a saltarle un tic en el ojo derecho. ¿Quieres decir que lo haces conmigo de diez a doce y con Roberto de doce a dos? Eso, convino la muchacha, y de dos a cuatro duermo, después de cuatro a seis vigilo y ustedes se van a dormir. Roberto se sentó, con el dedo reincidió en el gesto de escarbar la tierra del parapeto; Frank se puso a mirar al sur con los prismáticos. Pero tienen que comportarse, estamos los tres metidos en esto, y esos cabrones están allá afuera, si me lo prometen..., por mí está todo bien. Los hombres quedaron callados, uno con aquel gesto mecánico de agujerear el piso; el otro, los ojos allá, bien lejos, en el sur, la llovizna se sumó al silencio y volvió a hacer mutis, cada gota quedó colgando allá, en lo alto. Vamos, ¿qué dicen?, ¿el aura asquerosa les comió la lengua? Creo que yo estoy de acuerdo. La muchacha se puso de pie, bueno, Frank, ya Roberto está de acuerdo, faltas tú. El hombre miró todavía bastante rato al sur antes de hablar. No puede ser, carajo, ¿ustedes se volvieron locos o qué?, esto es una guerra, coño, esto no es una casa de putas, no podemos ponernos a templar, tenemos a los cabrones por todos lados, ¿qué quieren?, que nos pongamos a templar y que sorprendan a uno sin ropa moviéndose encima de ti y al otro contando los minutos para poder tenerte debajo, esto es una guerra, carajo, ¿es que no lo entienden?, lo único que tenemos que hacer es cubrir dos direcciones, hasta hoy fuimos tan anormales que pensamos que sólo podrían llegar desde allá alante, por este lado también pueden llegar, somos tres, uno descansa, dos vigilan, cada uno un sector, digan ustedes cómo carajo vamos a ponernos a templar, aquí no hay tiempo para ponerse a templar, coño, desde ahora estaremos juntos muy poco, uno aquí, el otro allá alante, el tercero descansando, preparando comida, haciendo algo, lo que sea, y si en el horario de descanso alguien quiere hacerse la paja se la hace pero nada de ponernos a templar o terminar pajeándonos aquí unos a otros, un día llega el enemigo y termina partiéndonos el culo, ¿entendieron? Alicia no pudo soportar y se echó a llorar, sin dejar de hacerlo se levantó y se alejó por el parapeto en dirección al horno, Roberto no había dejado de escarbar el piso. Tienes razón, dijo. Claro que tengo razón, coño, ya estabas tú estoy de acuerdo, estoy de acuerdo, planificando tu meneo, eres un militar, coño, no un corruptor de menores, ni tú ni yo somos el músico alemán ese ni ella es la tipa de la canción, esto es la guerra, la guerra, ¿tú crees que no me muero mirándola?, pero acá no se puede, no vamos a volver a estar con una mujer, eso se acabó, se acabó todo, se jodió, estos cabrones llegaron para jodernos la vida, jodernos todo, y si estamos aquí es para ver cómo carajo podemos joderlos un poco a ellos, no para mover cintura encima de esta chiquilla que, para colmo de desgracias, la pobrecita parece que no ha conocido todos los hombres que debiera, ni los va a conocer ya nunca. La llovizna deshizo el mutis y esta vez las gotas llegaron con más fuerza, Frank regresó a mirar al sur, el otro se levantó del piso y quiso saber si comenzarían ya a cubrir las dos posiciones. Ya, decidió Frank, se me ocurre que podemos mantener el ciclo de las dos horas, ¿qué te parece? El otro estuvo de acuerdo. A la tarde Alicia se acercó con algo de comida y eso los alegró; la muchacha había cocido papa y abierto una lata de jamonada, estaba rancia pero al menos tenían alimento, la papa hervía y el estómago agradeció aquello. Se sentaron en el suelo, Alicia preguntó si no habían quedado algo crudas las papas, los hombres aseguraron que estaban buenas, eres experta en músicos alemanes y papas de campaña, sostuvo Frank, y le guiñó un ojo. Era una manera de pedir disculpas y la muchacha sonrió: no sean hipócritas, soy mejor con Wagner. Durante la comida Frank se incorporó varias veces para vigilar la calle. Oye, coño, come en paz, te va a caer mal, si llegan, mira, llegaron y al carajo, pero uno debe comer lo poco que tiene como Dios manda, tranquilo. El hombre se cuadró: a sus órdenes, general, los tres se rieron. Después de comer Frank pidió a Alicia que cantara otra vez la canción, a ver, mete otra vez al alemán ese en el parapeto, anda, canta eso, ¿cómo se llama? Lied, aclaró ella, Wesendonck Lieder, parece que les gustó. Mucho, admitieron los hombres, tienes una voz tremenda, ah...., y creemos que el alemán fue un hijoeputa por dejar a la tipa. Yo también lo creo, dijo ella. ¿Cuántos años tiene la canción? Ufffff, ciento cincuenta, más o menos, puede que un poco más, no sé. ¿Y qué significa eso de Vesendón o como se diga? Wesendonck, lo enmendó ella, ese era el apellido de Matilde. Roberto dijo que Wagner y Matilde estarían ya hechos polvo. Polvo enamorado, acotó Alicia. Los hombres la elogiaron; cantante, cocinera de papas y poeta. Oigan, que eso no es mío, ignorantes, es de un poeta español, ¿es que nunca leyeron esa poesía? Ellos que no, que si también había una historia al estilo de la del alemán y Matilde. Puede ser, seguro, pero hasta ahí no llego, a ver, ya, voy a cantar la lied de Wagner para Matilde, Der Engel. La muchacha se sentó frente a los hombres, ellos la miraron desde las dos torres, las dos torres del nudo. Comemierdas que son los dos, les dijo, yo los quiero mucho, de verdad, nos vamos a morir aquí y ustedes son los mejores tipos del mundo con los que una quisiera morirse, y…, nada, quería que lo supieran. Los dos hombres tragaron saliva y apretaron duro los dientes. Las torres se empinaron y se empinaron y el nudo se hizo tres veces más fuerte. Alicia arrastró las nalgas sobre el suelo hasta quedar todos muy cerca, a ver, me van a dar las manos, los dos, así, dame la tuya, voy a cantar así y será como si Wagner nunca hubiera dejado a Matilde, como si estos cabrones no hubieran llegado a jodernos la vida, como si yo hubiera tenido mi audición y muchos muchachos para hacerme el amor, como si ustedes pudieran amarme, será todo eso y ya…, si sigo voy a llorar. Los dientes casi crujieron de tanto uno contra el otro. Y las torres, las torres. La muchacha cerró los ojos y extendió la cabeza, las venas del cuello eran azules y el cabello le colgaba a ambos lados, algunas hebras caían sobre el pecho, turgente, atrevido, si Wagner la hubiera visto habría escrito muchas lieder, miles, todas dedicadas a Alicia. Esta vez la lied quedó mucho mejor, parecía haber sido escrita apenas ayer por alguien que amaba a una muchacha y hubiera tenido que dejarla atrás, aquello no parecía tener ciento cincuenta años, o los que fueran, y la muchacha no abrió los ojos ni una sola vez, canto así; la cabeza hiperextendida, las venas azules, las hebras de cabello jugueteándole sobre el pecho, el tono fue muy alto y Frank llegó a pensar que no obstante todo el peligro mayor sacrilegio era callarla, atardecía, la llovizna había vuelto a hacer mutis, volvía a quedar colgando del cielo, los cabrones allá en la calle escucharon la canción y rodearon el lugar, Alicia siguió cantando, Ja, es stieg auch mir ein Engel nieder und auf leuchtendem Gefieder, Wagner y Matilde tenían una canción pero ya serían sólo polvo, los hombres apretaron duro las manos de la muchacha, y duro, muy duro, uno contra otro, apretaron los dientes.